Desde hace más de dos décadas, cuando se autorizó el ejercicio del trabajo privado en Cuba, una de las demandas más repetidas por los emprendedores ha sido crear medianas y pequeñas empresas. La economía tuvo que tocar fondo para que las autoridades impulsen las llamadas pymes, aunque sin aclarar aún los requisitos que se exigirán para fundarlas.

¿Cómo será el proceso para inscribir una pequeña o mediana empresa? ¿Las entidades del sector estatal que pasen a esta modalidad entrarán en una licitación pública? ¿Se aplicarán filtros políticos para elegir a los nuevos empresarios? ¿Existirá un registro transparente de esas adjudicaciones? Son tantas las interrogantes y tan negativas las experiencias pasadas que solo los hechos podrán disipar o confirmar los actuales temores.

En el último cuarto de siglo en esta Isla hemos visto la transmutación de generales en gerentes. La migración de uniformes verde olivo a trajes de cuello y corbata nos ha dejado con los más suculentos sectores de la economía nacional, las telecomunicaciones y el comercio exterior, en manos de militares que no rinden cuentas ni aceptan críticas. ¿Por qué las pymes tendrían que comportarse de otra manera?

Al estilo de la “piñata sandinista” que aupó en Nicaragua la repartición de propiedades, la apropiación de empresas y de bienes entre los más cercanos a Daniel Ortega, en Cuba hemos experimentado la adjudicación de las porciones más apetitosas del pastel nacional a los más próximos al clan familiar que controla la Isla, a los más fieles ideológicamente y a los que, a su vez, pueden usar esos espacios para mantener y prolongar la vigilancia sobre la sociedad.

Me cuesta trabajo imaginar a Yusimí Pérez o Yantiel López –por poner dos hipotéticos pero posibles nombres de la generación a la que pertenezco– yendo a inscribir una pequeña empresa en el Registro, siendo aceptada su propuesta de crear una industria familiar de calzado o una planta de fabricación de pienso animal, sin que en el proceso no tengan que demostrar su total adhesión al sistema, el Partido y sus líderes.

Aunque Miguel Díaz-Canel aseguró recientemente que “no podemos seguir haciendo lo mismo en el ámbito de la economía”, es muy poco probable que esa afirmación incluya eliminar la segregación por forma de pensar que sigue dividiendo la realidad económica de este país. Resulta bastante probable que las primeras pymes que se autoricen estén en manos de exfuncionarios, excoroneles o de gente en cuyo árbol genealógico retozan algunos cromosomas afines al poder.

En caso diferente, que la vocación de salvar al país y reflotar la economía pese más que la estrechez de miras del partidismo, entonces otro gallo cantaría. Las empresas estarían en manos de los que puedan llevarlas adelante, generar empleo e innovar. Entre esos emprendedores podría haber liberales, socialdemócratas, anticastristas y anarquistas… No haría falta fingir fidelidad ni aplaudir para ser próspero. Pero eso último sería como pedirle al castrismo que se dispare en la sien y que reconozca que tras más de seis décadas de experimentos fallidos, solo un sector privado sin riendas ideológicas puede sacar adelante la economía.


Este artículo se publicó originalmente en 14ymedio (Cuba) el 28 de julio de 2020

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