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Al Consejo Nacional Electoral lo han convertido en un moustruo invasivo. De ser un más o menos discreto poder con aparición regular en períodos electorales, se ha querido lucir como un opulento aparte arropador (no para cobijo); durante el período que va luego de la democracia, en mando simulado de militares, ha ido expandiendo su dominio, controlado absolutamente como está por el régimen criminal. Es abusivo su modo, así como su más que chocante espetar económico en un país miserabilizado.

La penetración no se cifra sólo en la recurrente y cansona propaganda diaria por todos los medios, buscando concretar una votación que a todas luces aparece esmirriada, limitada a quienes controla con comida y bonos el despotismo, sino que podemos apercibirnos de ella hasta fisicamente.

Por diversas razones vinculadas a protestas que insisten (ignoro las causas, pero ya me mueven a sospecha) en realizarlas en esas cercanías de las oficinas de los usurpadores de los poderes públicos en la Plaza Caracas, he visto de cerca y me restriega la curiosidad la invasión a través de la cual ese espacio público, otrora de natural esparcimiento, ha sido tomado literalmente por el CNE. Parecen no bastarle sus lugares para la ejecución de fechorías, previas y posteriores, con votos, si no que hay la evidente necesidad de proyectarse en los adentros de la ciudad. Con carpas y toldos de proporciones incalculables llegan a molestar el paso y la vista de los transeúntes. Intentan meterse por los ojos, los oídos, el tacto…

Como caraqueño de nacimiento, disfruté de esa plaza, no muy bella por cierto, así que su reminiscencia no es por razones estéticas, sino que era un amplio lugar de mítines, de paseos, de conversa en sus bancos, de tránsito abierto, especialmente cuando estuve avecindado en El Silencio, o cuando trabajé en sus torres. Allí se realizó la exposición de víveres cuando el “compre venezolano”, allí se disfrutaron diversos conciertos de estrellas nacionales e internacionales. De allí surgió la polémica por el Bolívar gay. Ahora es una prolongación ofensiva del poder electoral secuestrado.

Saben que la gente no quiere votar. Saben que quienes irán no lo harán afectivamente sino poseídos de la más evidente y nociva forma de control político-social que hayamos conocido, basada en el hambre impuesta como mecanismo de manipulación de conciencia. Creen que invadiendo espacios públicos estarán mejor colocados. El repulsivo espectáculo seguramente traerá, y eso espero, la reacción contraria: el absoluto rechazo a ese manejo de la institución apabullando su institucionalidad y, en definitiva, generando la ausencia mayor de votantes en un acto que no es precisamente electoral. En un acto de imposición de personas en cargos que aumentarán las falencias democráticas y la crisis política con toda seguridad desde el inicio del próximo año.

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