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No somos pocos los que extrañamos a Venezuela… extrañar lo que fuimos, y todo lo que soñábamos ser… no es cosa exclusiva de quienes emigraron, que, por miles de razones (válidas todas) tuvieron que dejar atrás sus costumbres, afectos y proyectos. Los que nos quedamos también extrañamos todo eso, y mucho más… y es que no es lo mismo anhelar el pasado con el estómago lleno y perspectivas de un futuro más o menos estable, que recordar la felicidad perdida con el estómago vacío y sin más certeza que la incertidumbre.

Quienes nos quedamos y tenemos algo para recordar podemos considerarnos afortunados… en Venezuela ya hay una generación de adultos jóvenes que a duras penas alcanzan a imaginar lo que es tener un trabajo digno y bien remunerado, ir a un Café al salir de la oficina, o beber cervezas un viernes en la tarde-noche al aire libre. Existe una nueva generación, que, en su mayoría, no entiende de discotecas los sábados en la noche, que tiene vagos recuerdos de los cines, y que tristemente solo conoce los viajes turísticos, clubes y resorts, por referencia de sus mayores. Más aún, ya existe una generación para quienes las festividades no son sinónimo de alegría, sino de frustración y tristeza.

Los que se fueron conocieron el exilio, y entre quienes nos quedamos comienza a hacerse popular una palabra que ni siquiera está reconocida por la Real Academia de la Lengua Española, y que, sin embargo, cada día nos resulta más familiar: “Insilio”. Que es todo lo contrario al exilio…o, mejor dicho, es lo mismo, pero sin salir del país… encerrados en la casa.

La inmensa mayoría de los venezolanos que se quedaron están encerrados y solo salen “al mundo exterior” por necesidad, en busca de trabajo y comida… y es que afuera no hay nada que ver, todo está deteriorado, feo y sucio. Salir a “pasear” en Venezuela deja un mal sabor de boca: sea porque tal o cual negocio se fue a la quiebra… o por la falta de mantenimiento del ornato público… o por lo descuidado de las vías (huecos por doquier, semáforos quemados, calles oscuras) … o sencillamente porque el inocente gesto de comprar un helado puede desbalancear toda la quincena, e incluso generar una crisis alimentaria que dure dos semanas. Para colmo de males, las pocas opciones de entretenimiento que aún quedan solo pueden ser pagadas por un minúsculo grupo de privilegiados… ¡No en vano las plataformas streaming son tan demandadas entre los pocos que todavía tienen internet!

Entonces los hogares se convierten en la última frontera de certeza y estabilidad que queda ante el dantesco caos de alrededor, los “insiliados” crearon un microcosmos de certezas… una burbuja que frecuentemente se aleja flotando de la actual Venezuela, y viaja a otras épocas, o a otros países, en resumen, a otras realidades menos duras y más anheladas. Así es justamente como se explica el apasionamiento venezolano por las elecciones Presidenciales de EEUU.

Pues sí… sea en el exilio, o en el tristemente novedoso “insilio”, los venezolanos extrañamos a Venezuela… pero ¿quiere decir esto que el país se perdió, y que nuestra identidad está irremisiblemente condenada a diluirse? Pues… eso dependerá de nosotros.

Venezuela vive en cada uno de los venezolanos, en nuestras familias y en las tradiciones que debemos empeñarnos en no perder, muy a pesar de la situación económica. Crisis parecidas e incluso peores que la nuestra, dramática por demás, han sido sufridas por Europa y también E.E.U.U., que han tenido sus tiempos malos, muy malos, y no por ello perdieron su cultura, sus valores, tradiciones y costumbres. Todo lo contrario, se fortalecieron; y es que, cuando quitamos todos los adornos y los impulsos consumistas, lo que queda, en esencia, es lo genuino, lo verdadero, lo real, lo que en verdad merece la pena recordar y rescatar.

Sea en el exilio o el “insilio”, es imprescindible contarles a las nuevas generaciones lo que era Venezuela… que no exista un solo niño de sangre venezolana sin conocer a Florentino y el Diablo, y que todos canten y sientan como suyas las obras de Simón Díaz y Luis Silva. No perdamos de vista la navidad, ni los carnavales, ni la Semana Santa. Por favor, no olvidemos los majaretes, los golfeados, los dulces de lechosa, el arroz con leche y las jaleas de mango (cuando se pueda). Y siempre que sea posible preparemos y enseñemos a preparar asado negro, hallacas, pan de jamón y pabellón criollo. La cultura es culinaria, es musical y, sobre todo, es folclórica, no la perdamos.

Si lo hacemos bien, pase lo que pase, Venezuela vivirá, y como una semilla, germinará en el momento indicado.

Dios bendiga a Venezuela.

Víctor Jiménez Ures

@VAJimenezUres

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