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Era preferible, para EE. UU. y para el resto del Mundo -dada la relevancia planetaria del asunto- que el día siguiente a los comicios presidenciales del tres de noviembre, en lugar de la andanadas de demandas judiciales entabladas para deslegitimar las votaciones, por ejemplo, se hubiese nombrado una comisión de altísimo nivel de, republicanos y demócratas, para derrotar el COVID-19, de una buena vez. Sin embargo, las cosas no siempre son como deben ser, sino como ocurren.  

¿Ha habido robo o intento de robo o saboteo o intento saboteo de las mencionadas votaciones? 

Nic Cheeseman de la Universidad de Birmingham  y Brian Klaas de la Escuela de Economía de Londres, son dos académicos de Reino Unido que, han viajado centenares de miles de kilómetros para evaluar procesos electorales en los Cinco Continentes.

 En “Cómo robar una elección” (Ed.Yale University Press, New Haven and London, 2018), estos autores, les preguntan y les responden a sus lectores: “¿Quieren  robarse una elección? ¡Entonces váyanse a EE UU, para que aprendan cómo hacerlo!”

Otros dos investigadores, Steven Levitsky y Daniel Siblatt, de la Universidad de Harvard, Mass, EE UU en el ya clásico  “Cómo mueren las democracias”, (Trad, al español, edt. Ariel) al hacer un inventario de las estratagemas electorales en EE. UU. destacan, junto con Cheeseman y Klaas las que suelen atribuírseles a los grupos ultraconservadores en perjuicio de los ciudadanos afroamericanos, latinos y demás menos pudientes. A saber: El Gerrymandering, como se denomina al rediseño doloso de los cantones electorales; emplazamiento de las oficinas de inscripción de votantes en sitios inaccesibles o de muy difícil acceso, trato hostil, largas esperas, horarios restringidos, de modo de obstaculizar el empadronamiento de los ya citados sectores de pocos recursos; las draconianas pruebas de habilidades y conocimientos a nuestro juicio inconstitucionales, porque el voto no puede restringirse socapa de carecer de tales destrezas.

 En la acera opuesta, con el presidente Trump a la cabeza, han sido invocados entre otros, un informe publicado en 2014, por politólogos  de la Old Dominion University, Virginia, EE UU, según el cual existe un 14% de no ciudadanos, registrados como votantes. Solo que se ha contrarreplicado, que una cosa es 14% del total de no ciudadanos, inscritos por error o mala fe y otra, el número ínfimo de extranjeros que han ejercido de manera efectiva e ilegal tal derecho. Nietzche, escribía que el hombre se inclina por sus caprichos, para después fabricarse la razón de sus preferencias. En esta materia, al final, cada cual hace de su camisa un sayo. 

In dubio pro elector, es uno de los principios cardinales, que informan el asunto que comentamos. Lo que se traduce en que sobre aspectos meramente formales o numéricamente irrelevantes hay que privilegiar la voluntad del electorado expresada en votos, contantes y sonantes. Si determinada opción triunfa por una diferencia de 20 mil sufragios, pongamos por caso, mal puede anularse la elección entera, porque aparezcan como sufragantes, 100 difuntos o un número igual de  no ciudadanos. 

Cheesman y Klaas, aseguran que para que una falsedad logre torcer la voluntad de los votantes, se requiere de mucho tiempo y planificación -“desde antes de la impresión de las boletas”. Aseveran, además, que un robo o saboteo masivo de sufragios, aparte de la antelación, requiere de batallones y batallones de  ladrones o secuestradores de la voluntad popular. 

El fraude, aunque sea de un solo voto, en EE. UU., basta y sobra para recibir severas penas de prisión. Por el contrario, para que el fraude produzca efectos electorales ha de ser masivo, esto es, que el número de sufragios infestados sea mayor a la ventaja obtenida por el bando que ha ganado con trampas. 

Consumatum est, el conteo de las autoridades electorales que colocan al señor Biden con cinco millones de votos populares de ventaja y una diferencia a su favor de 64 delegados a los colegios electorales, es  improbable que el Poder Judicial de EE. UU. se incline a cambiar la voluntad expresada por nada menos que, de 150 millones de votantes. Pero de que vuelan, vuelan.   

 ¿Y los venezolanos? De imponerse la pretensión del señor Trump de modificar los resultados anunciados después del tres de noviembre,  disfrutaríamos de la continuidad de sus medidas sancionatorias que, quizás, coadyuven a deponer la narcotiranía. Por el contrario, de mantenerse la aparente victoria del señor Biden, quizás, logremos una acción mejor coordinada entre  EE. UU. y los países de la Unión Europea para ponerle fin a la pesadilla, narcomadurista ¡Qué Dios nos agarre confesados! 

@omarestacio

 

The post Venezuela y las presidenciales de EEUU, por Omar Estacio Z. appeared first on LaPatilla.com.

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