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La economía es el estudio de economizar, o utilizar la menor cantidad de tiempo y esfuerzo para producir la mayor cantidad de satisfacción. Cuanto más podamos economizar en el uso de recursos escasos, se dice que somos más “eficientes” en conseguir lo que queremos. La eficiencia es un objetivo muy apreciado debido a que, literalmente, abarata el costo de vida. La baratura en la obtención de los bienes y servicios que queremos es, por lo tanto, la clave para una vida mejor.

La eficiencia está en el corazón de la teoría del comercio. A principios del siglo XIX, el economista David Ricardo sostuvo que cada país debería concentrarse en hacer lo que podía producir al menor costo relativo. El fallecido economista ganador del Premio Nobel Paul Samuelson describió la teoría de Ricardo de la “ventaja comparativa” como la teoría más hermosa de la economía, una teoría que se puede aplicar indistintamente a la división del trabajo entre personas, empresas y países. Hoy sigue siendo el fundamento teórico subyacente para la globalización.

La eficiencia es también la razón por la que los economistas se han preocupado por la productividad laboral en las economías avanzadas. En el Reino Unido, por ejemplo, la producción de los trabajadores, en promedio, no alcanza un rendimiento por hora hoy en día mayor al que alcanzaba en el año 2007, por lo que no ha habido ningún aumento con respecto a la eficiencia. Esto significa que el nivel de vida en el Reino Unido se ha mantenido estable durante 13 años, el período de estancamiento más largo desde la Revolución Industrial. Los economistas han publicado cientos de artículos en revistas científicas tratando de explicar este “rompecabezas de la productividad”.

Pero, de manera general, el son de la música al cual baila la economía ha cambiado. El Ngram Viewer de Google, una herramienta que usa una base de datos de millones de libros y revistas para trazar la frecuencia con la que aparecen las palabras, indica que el uso de las palabras “eficiencia” y “productividad” se ha desplomado desde 1982, mientras que el de “resiliencia” and “sostenibilidad” se ha disparado. Ahora hablamos más de la sostenibilidad de la vida económica, es decir, la resiliencia de dicha vida económica frente a las conmociones. Los economistas centrados en la eficiencia están muy por detrás de la curva cultural.

Tres factores parecen explicar este cambio. El primero es la creciente preocupación sobre que centrarse únicamente en el costo actual de utilizar los recursos agotará los recursos planetarios disponibles para la continuidad de la especie humana. Ya que lo que es barato hoy puede convertirse en imposible de costear mañana, se necesita invertir en tecnologías sostenibles que puedan producir un retorno a largo plazo para la humanidad, en lugar de sólo ganancias a corto plazo para las empresas y los consumidores.

En segundo lugar, la pandemia COVID-19 nos ha hecho mucho más conscientes de la fragilidad de las cadenas mundiales de suministro. La hermosa teoría de Ricardo amenaza con engendrar una pesadilla si los países pierden acceso a los suministros esenciales debido a que han aceptado la lógica de adquirir en los mercados más baratos. Durante la pandemia, la mayoría de las personas en Occidente se sorprendieron superlativamente por su dependencia de China con respecto a la obtención de suministros médicos esenciales.

Por último, se entiende de manera más amplia, que la búsqueda de la eficiencia a cualquier costo, ya sea a través de la globalización o la automatización, amenaza la seguridad y la sostenibilidad del empleo. “El fin de la producción es el consumo”, proclamó Adam Smith con impecable lógica. Sin embargo, el consumo sostenible requiere ingresos sostenibles, que provienen principalmente de los salarios; y, estamos lejos de tener un sistema que permita consumir sin contar con salarios. De hecho, en nombre de la eficiencia, hemos permitido una enorme desigualdad en cuanto a ingresos y riqueza.

Normalmente, los economistas están dispuestos a hablar de compensaciones recíprocas. Pero se han mostrado extrañamente ciegos ante la necesidad de intercambiar eficiencia para obtener sostenibilidad, es decir, para ampliar su concepto de eficiencia a uno de eficiencia en el transcurso del tiempo. Esto se debe, en gran medida, a que los modelos de equilibrio de los economistas contemporáneos no contemplan el tiempo y consideran el futuro simplemente como una extensión del presente. Lo que es eficiente hoy, será eficiente mañana y lo será por siempre.

Sin embargo, como señaló John Maynard Keynes, el futuro es incierto. No hay razón para creer que continúen las condiciones que hoy hacen que el libre comercio, las cadenas globales de suministro, la automatización y los salarios de pobreza sean eficientes. Como dijo Keynes en una notable respuesta al econometrista (y futuro premio ganador del Premio Nobel) Jan Tinbergen: “¿Se debe suponer que el futuro es una función determinante de las estadísticas pasadas? ¿Qué lugar se deja para que se ubiquen las expectativas y el estado de confianza con respecto al futuro? ¿Qué lugar se le da a los factores no numéricos, como los inventos, la política, los problemas laborales, las guerras, los terremotos, las crisis financieras?” Podríamos compilar una lista similar de riesgos contemporáneos.

De ello se desprende que los encargados de la formulación de políticas económicas deben prestar mucha más atención al “principio de precaución” o al principio del “menor riesgo de daño”, que tiene por objeto controlar el riesgo en lugar de maximizar los beneficios. El economista Vladimir Masch denomina a este enfoque “Optimización con limitación de riesgos” y sostiene que “es [un enfoque] necesario en las condiciones altamente peligrosas, inciertas y complejas de este siglo”. Usando modelos matemáticos, Masch ha construido una serie de estrategias candidatas con restricciones de riesgo.

Tal regla prudencial de toma de decisiones puede llevarnos a líneas de pensamiento incómodas. Por ejemplo, ¿cuán sostenible es un aumento incontrolado de la población mundial? Seguimos poniendo nuestra fe en la ciencia y la educación para restringir el crecimiento de la población a tiempo, pero no sabemos de cuánto tiempo disponemos. Sin duda, hay motivos para la preocupación malthusiana de que el aumento en la cantidad de personas supere los recursos disponibles para sustentarlas, lo que conlleva plagas, hambrunas, inundaciones y guerras a gran escala, las cuales, tradicionalmente, han reducido la sobrepoblación.

De la misma manera, una tecnología sostenible es sin duda una tecnología que no hace demandas extremas a nuestro poder de adaptabilidad, amenazando con una redundancia económica y social generalizada y la predecible reacción política. Actualmente vemos el progreso tecnológico exclusivamente a través de la lente de la eficiencia y permitimos que su ritmo sea fijado mediante la competencia de mercado que reduce los costos. El principio prudencial implica adaptar la tecnología a las personas, y no al revés.

Por último, ¿hasta qué punto es sostenible una economía política capitalista que debe permitir que su sistema financiero se desplome periódicamente debido a que es “eficiente” en la gestión de los riesgos?

Hasta ahora, sólo hemos empezado a arañar la superficie de tales preguntas. Pero a medida que cambia el lenguaje de la eficiencia y la sostenibilidad, el pensamiento económico debe ponerse a la par con la nueva tendencia.


Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica, es profesor emérito de economía política en la Universidad de Warwick y autor de una biografía en tres volúmenes de John Maynard Keynes.

Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate el 17 de diciembre de 2020

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