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Aunque ya para la fecha hay un evidente ganador en las elecciones de Estados Unidos, también hay que reportar un claro perdedor: la propia nación norteamericana.  Fue tan pugnaz la competencia tanto entre los candidatos como entre los partidos y grupos de opinión que los apoyan —aunado a que potencias foráneas como Rusia, China e Irán, muy interesadas en disminuir la estatura internacional de la unión, intervinieron descaradamente y pusieron a funcionar las fábricas de tuits, correos y fake news para complicar más lo que ya se veía fangoso.  Hoy por hoy, se nota una hendedura social que puede ser muy dañina para las relaciones pacíficas y civilizadas entre sus propios ciudadanos.  En palabras de Gustavo Coronel: “El país está dividido y tomará mucho tiempo y paciencia restablecer la estabilidad espiritual de la nación, si es que algún día se logra”.  Pareciera que los Estados Unidos empieza a dar muestras de no estar políticamente muy alejado de otros países.  España, Italia y el Reino Unido ya dan indicios de algo que criticaron toda la vida de los países iberoamericanos: la acrimonia interpartidista a la hora de los comicios. 

Y que se critique a Bolivia, Nicaragua y Venezuela por lo fiero del hecho político, pase: es innegable la influencia que han tenido los cubanos, por más de medio siglo, para tirotear lo civilizado de la contienda política en esos países.  Pero es que ahora Argentina (que empezó la rochela después de llegar la mafia de los Kirchner), Brasil y Chile (que era el más seriecito de todos en eso) también dan muestras de tener sociedades fracturadas, hendidas por los dogmas importados. 

Por un lado, los que quieren acabar con los ricos e igualar por debajo a todos; que todos seamos pobres y dependientes de papá Estado.  Por el otro, los que creemos que no puede repartirse una riqueza que no se ha creado todavía. 

Que la que hubo alguna vez, pero la dilapidaron precisamente quienes se empeñan en que el Estado es primigenio.  Se olvidan que este fue inventado por los ciudadanos para que les sirviesen; no para lo contrario, que sería que la gente se transformara en sirvientes de ese Leviatán que empieza a aparecer en todas las latitudes.

Siempre hubo discriminaciones (en plural) en Estados Unidos, no solo la racial que dividió al país en una guerra terrible en el siglo XIX y todavía tiene focos preocupantes.  También está la que se basa en el sexo —no en el género, que es otra cosa.  Sin importar si una mujer está más preparada que su colega varón, siempre ganará menos y no escalará tanto en la pirámide organizacional como este.  También está la que divide a los estadounidenses y los demás, los aliens, sinimportar que tengan green card ni muchos méritos académicos.  Hace mucho tiempo, Alex Trebek, el eterno animador de Jeopardy, se quejaba de que la definición que más parece cuadrar a “American”, es “una persona que solo sabe un idioma: el inglés”.

Pero lo de ahora es una exacerbación de todos los anteriores.  En mucho, por culpa de míster Trump.  Desde la misma primera campaña, como si fuera un Chiabe cualquiera, empezó a dividir para poder reinar.  Según él, todos los que intentaban cruzar el río Bravo hacia el norte, todos los que aterrizaban en los aeropuertos provenientes de países de habla hispana, eran narcotraficantes o terroristas.  O, como mínimo, alguien que llegaba para quitarle el empleo a un estadounidense.

Hubo bastantes presidentes que sí podían servir de modelo social.  Carter no fue muy efectivo como primer mandatario, pero dio muestras de una vida intachable.  Bush padre, que no fue reelecto, pero que de héroe condecorado por valor en la Segunda Guerra, para arriba era; y buen padre y esposo.  Lo mismo que Kennedy —en lo de luchar por su país en una guerra se refiere porque, al contrario de Bush, era bragueta-brava.  De Clinton, ni se diga: fue ladrón desde los tiempos de gobernador en Arkansas.  Y después, empleaba el Salón Oval como budoir.  Que me desmienta Monica Lewinsky.  Trump, tampoco es un role model precisamente.  Un nabob que se jacta de haber evadido el pago de impuestos de muchas de sus empresas; que se ha casado varias veces; que hizo operación colchón con varias candidatas a Miss Universo; que abusó del nepotismo, metiendo a hijos y yernos a ocupar posiciones muy delicadas (pero bien remuneradas) para las que no estaban preparados.  Algo parecido a lo que hace Cilia Flores por aquí.  Pero esa es otra historia.

Su terquedad en no reconocer su derrota no habla bien de él.  Porque una cosa es ser firme en lo que se cree y se defiende, que es una virtud.  Y otra muy distinta es ser testarudo, que es lo que demostró ser.  Eso de adherirse perversamente a una opinión a pesar de la razón y los argumentos en contrario que se le presentan lo hacen ver como un obcecado. 

Regresemos al tema inicial, lo de las sociedades fracturadas por la política.  Aquí, hubo quienes se rasgaban las vestiduras por Biden o por Trump como que si en ello les fuera el futuro.  Yo quiero verlos ahora, con la misma tenacidad demostrada recientemente por una elección extranjera, en apuntar unidos al único adversario que se tiene en el horizonte y que hay que defenestrar: el usurpador.  Pero, no.  Están muy ocupados tiroteándose entre ellos para ver quién es el candidato que reemplazará al nortesantandereano.  Ya llegará el momento de las agendas particulares.  Pero no es este.  El ejemplo a seguir es el del Pacto de Punto Fijo, cuando tres líderes muy respetables, pero también disímiles, decidieron que lo mejor para Venezuela era un gobierno unitario.  O si se quiere un ejemplo más cercano en la historia, que no en la geografía, les pongo el de la transición española a raíz de la muerte de Franco.  En ella, personajes como el comunista Santiago Carrillo, moderados como Adolfo Suárez y falangistas como Manuel Fraga dejaron de lado sus diferencias para darle al pueblo español una Constitución, un Estado y un gobierno que lograran llevar al país a la modernidad y al europeísmo actuales.

Lo que ahora esperamos de los líderes es que presenten un frente unido de cara a la Consulta Popular.  Que es el preámbulo necesario para el cese de la usurpación, el gobierno de transición y unas elecciones libres, verosímiles, observadas por personajes internacionales serios, creíbles.  No comparsas de los rojos que buscamos reemplazar…

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