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En los tiempos del patriarca del desastre, éste acostumbraba anunciar el aumento del salario mínimo mensual en cadena nacional. Con su cháchara y la caja de resonancia de su ego, creaba la impresión de que el obsequio salía de sus propios bolsillos. Hoy, el aumento es tan irreal y miserable, que se decreta en silencio y se conoce de boca a boca por las redes.

En lo que va de 2020 se han decretado cuatro aumentos salariales, denominados en bolívares como unidad de cuenta, pero su valor transaccional como medio de pago, es contado en dólares por el mercado. El salario mínimo en el mes de abril era de Bs.250.000 (US$3.15,) y se incrementa este mes de noviembre a Bs.1.200.000 (US$1.70). Los incrementos nominales de Chávez, eran mermados por la inflación. Los del Usurpador, caen liquidados bajo el peso combinado de maxidevaluación e hiperinflación. Resultado de la hecatombe de un Estado sin política monetaria, sin banca central. Con la mediocridad de su iniciativa, el régimen solo sabe abrir sin mesura el grifo del circulante.

No vale la pena mirar las tablas comparativas del salario mínimo en los países del hemisferio. En términos reales, en Venezuela no tiene significación alguna el salario mínimo. No puede considerarse como tal lo que no alcanza ni para comerse un huevo diario durante el mes. En Venezuela están desapareciendo el salario y los asalariados como categorías económicas reales. Es casi imposible vivir decentemente con sueldo alguno denominado en bolívares. La mensualidad de un favorecido General en Jefe es de US$17, podemos imaginar que hace magia, o cualquier otra cosa, para sostener adecuadamente a su familia. Ni qué decir de los irrisorios sueldos de maestros de escuela y profesores de nuestras universidades.

Agonizan el Bolívar y el salario, por ende, también desaparece el proletariado, presunto privilegiado en este socialismo marxista.

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