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Se va este 2020, ojalá sin billete de regreso. Para el mundo entero, fue el año de un fantasma llamado pandemia, para los venezolanos, además del virus, fue otro año de devastación económica sin pausa ni retroceso.

En estos doce meses, el acopio de arbitrariedades, corrupción y desatinos llevó finalmente al Bolívar a su agonía y muerte. Desvalorizado, ya nuestro signo monetario había dejado de ser instrumento de ahorro, luego fue insuficiente como medio de pago y ahora ni siquiera es unidad de cuenta. El precio de las mercancías y los servicios se denomina en dólares. Los salarios perduran en bolívares pero no son más que un relato de ficción. Tan irreal como las fantasmales emisiones de circulante del Banco Central. No existe registro en la historia económica contemporánea de país alguno con una brecha tan abismal entre salario y precios.

La que fuera la manifestación más sólida de bienestar en nuestro país durante la segunda mitad del SXX, la clase media, se ha reducido a un irrisorio segmento de nuestra sociedad. Venezuela exhibe hoy un índice de desigualdad social y económica atroz, el peor del hemisferio, en el que despunta, por contraste, la ostentación de riqueza asociada al poder político.

La devastación de nuestros recursos naturales, el desmantelamiento de las empresas básicas, la desindustrialización y la pérdida crítica de la capacidad de producción de alimentos, configuran un perfecto símil con un país que ha sido invadido y arrasado por fuerza foráneas.

Porque este desastre no es explicable como resultado de un enfrentamiento entre coterráneos. Somos víctimas de un poder criminal ajeno a nuestro gentilicio, manipulado por los ya viejos hilos castrocubanos, a los que se sumó este año la injerencia, y por supuesto el aprovechamiento, de las peores satrapías asiáticas. Más allá de recuperar democracia y justicia, la de Venezuela es una lucha por la liberación.

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