“Algo me dice que a pesar de las incontables veces que lo he escuchado decir es sólo ahora, tarde en mi vida, confieso, que lo puedo enseñar. Me refiero a la importancia de la unidad y al encuentro con el orgullo en la democracia de mi nación, de mi patria”. Estas son palabras de Luis Castro Leiva en su inolvidable discurso del 23 de enero de 1998 en el Congreso Nacional, cuando destacó, con la lucidez que lo caracterizaba, la importancia de la unidad; al tiempo que recordó la significación de Juan German Roscio, prócer civil en la fundación de nuestra República. Ese discurso marcó un antes y un después en lo que significa el análisis del 23 de enero, un hecho todavía reciente -pese a que han transcurrido 65 años- para el análisis objetivo de los acontecimientos históricos.

Esta afirmación de Castro Leiva se hace necesariamente presente al momento de evocar la significación de lo que se entiende como el “espíritu del 23 de enero de 1958”, que alude al ambiente político creado por la madurez de la dirigencia que dirigió los hechos que cristalizaron en el derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. De ahí se extrae una enseñanza: la mirada desde una posición unitaria, la organización y el mensaje claro fueron determinantes en lo que se logró en esa fecha histórica.

El dictador se negaba a darle importancia al descontento que imperaba en la población, porque para eso tenía a Pedro Estrada y a su esbirro Miguel Silvio Sanz Añez, quienes se encargaban de la represión, de la persecución y de la tortura. Marcos Pérez Jimenez le confiesa a Agustín Blanco Muñoz en el libro Habla el general que él no percibía ese descontento, pese a que era algo evidente. Esto quiere decir que los adulantes y enchufados de la época no le permitían ver al dictador la realidad de lo que acontecía en el país, en la creencia que ese poder que ostentaban sería permanente.

La idea de libertad fue un estímulo que latía en la conciencia venezolana desde 1810 y fue el acicate fundamental en los acontecimientos del 23 de enero de 1958. Este ideal recibió sus precisos alfilerazos de la generación de 1928, que había aprendido del sectarismo vivido con la Revolución de octubre de 1945 y del trauma que significó el 24 de noviembre de 1948. Estos dos hechos históricos sirvieron de enseñanza para evitar cometer los mismos errores.

La dirigencia civil se organizó y su mensaje generó confianza en el sector militar de que no habría represalias ni persecuciones. Desde luego, la actuación militar fue determinante en lo que ocurrió, porque no es posible llevar adelante una acción como la ocurrida sin la participación de la Fuerza Armada. (Un acontecimiento únicamente civil fue el 19 de abril de 1810, pero no lo fue el 23 de enero de 1958).

El compromiso colectivo con la democracia permitió superar dos intentos de golpe de Estado ocurridos a pocos meses de la salida del dictador. El primero fue el 23 de julio de 1958, liderado por Jesús María Castro León, ministro de la Defensa de la Junta de gobierno; y el segundo, el día 7 de septiembre de 1958, encabezado por los oficiales José Ely Mendoza y Juan de Dios Moncada Vidal. Pero la reacción popular y la acción decidida del sector militar, de la dirigencia política y del movimiento estudiantil pudo derrotar estas intentonas.

En los meses posteriores al 23 de enero se impulsa la convivencia, el pluralismo y el ambiente necesario para los acuerdos. En este contexto nace el Pacto de Puntofijo, suscrito por Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, que fue un acuerdo para gobernar que giró en torno a la defensa de la constitucionalidad, el gobierno de Unidad Nacional y un programa mínimo común. El respeto de los resultados electorales para garantizar el principio de la alternancia en el poder le dio estabilidad a la primera etapa de la vida democrática.

Durante los años de democracia, más allá de sus errores y de sus aciertos, se respetó el principio de alternancia en el poder que permitió la transmisión de la banda presidencial del presidente de un partido al triunfador candidato opositor. Así lo hicieron Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez y Luis Herrera Campíns. El respeto de ese principio fue lo que le permitió a Hugo Chávez “juramentarse” como presidente, porque así funciona la democracia: los procesos electorales gozan de garantías y se acatan los resultados electorales. Fue lo que ocurrió cuando en 1968 Gonzalo Barrios reconoció el triunfo de Rafael Caldera por menos de treinta mil votos.

El 23 de enero de 1958 ofrecía un ambiente de reconciliación nacional que abarcada los distintos estratos del país que veían la posibilidad de vivir en libertad. Esos anhelos cristalizan con la Constitución de 1961 que es producto de los votos y del consenso nacional. Y este consenso es fundamental en la elaboración de una constitución, la cual no puede ser un acto unilateral de una mayoría que impone a troche y moche su voluntad sobre toda una nación. Demostró este Texto Constitucional que la democracia es un acuerdo permanente para sustentar la democracia política, la estabilidad y que el derecho a la libertad debe ser visto como posible, siempre y cuando haya unidad y claridad de objetivos.

Nuestra historia nos enseña que sin bases indelebles de conciliación, entendimiento y pluralismo no es posible ni la democracia ni la libertad. De ahí la necesidad que tenemos los venezolanos que anhelamos un sistema político que garantice la alternancia en el poder de aprender de nuestra experiencia.

Y para pensar sobre la significación de la unidad en la acción política nada mejor que recordar, como se merece, la inteligencia y las palabras de Luis Castro Leiva.

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