Junto con mis compañeros del grupo ConVenezuela, Huguette Contramaestre, Tabayre Díaz y Oscar Lista, y mi hijo John, he tenido la oportunidad de salir a parrandear recientemente en varias ocasiones. Inicialmente, le comenté a varios amigos que quería salir a cantar parrandas y aguinaldos y ellos nos abrieron las puertas de sus casas, evocando bellos momentos de nuestra juventud. Entre los amigos se encontraban mi socio por varias décadas, Henry Torrealba y su esposa María Elena, quienes nos recibieron espléndidamente junto a una de sus hijas y otras parejas de amigos. Fue imposible salir de su casa hasta ya casi la medianoche. Antes, ese mismo día, también estuvimos en casa de la familia Crespo, donde disfrutamos enormemente, cantando juntos y nutriéndonos con la preciosa vista de nuestra majestuosa montaña en todo su esplendor.

Salimos de casa de la Familia Crespo cantando y justo pasaba una vecina que quería que siguiéramos cantando.  Comentamos que sería muy lindo si pudiéramos cantar para los vecinos, yendo de casa en casa, como lo hacíamos cuando éramos adolescentes y cuando estábamos transitando entre los veinte y los treinta años.  La idea tomó cuerpo y Evelyn le avisó a los vecinos de su urbanización que unos días después pasaríamos por allí.

Es increíble cómo cuando las cosas se hacen de buena fe, con amor y con ganas, todo fluye.  Fuimos a cantar. A cantarle a quienes quisieran escuchar, A cantar con quienes se unieran a nuestro canto. Mis primos, Humberto y Milagros, también se unieron a la parranda.  La experiencia fue bellísima.  Se nos unieron desde el principio varios niños y también Gianfranco, un muchacho con síndrome de down que corrió a buscar sus maracas y nos acompañó por todo el camino tocando con ritmo y entusiasmo y cantando los aguinaldos que se sabía.  Muchos de los vecinos que nos abrían sus puertas se unían a cantar con nosotros. Llegamos a casa de la Sra. Jacinta, quien cumplía años al día siguiente. Le dedicamos algunos versos improvisados.  Sus palabras nos conmovieron al punto de sacarnos lágrimas a varios de quienes la escuchábamos.  Nos dijo que éramos un regalo para ella y que le estábamos regalando vida porque la música y el amor sanaban. Comentó que ella era quien hace décadas organizaba los cantos de aguinaldos por esa zona.  No creo en coincidencias y por eso tengo la certeza de que nuestra parranda fue, efectivamente, un regalo enviado especialmente para la Sra. Gladys, sin que nosotros lo supiésemos.

Terminamos nuestro recorrido, nos llenamos de gozo, compartimos bellos momentos y revivimos la tradición por esa zona. Como me dijo Oswaldo Lares, así era en la vieja Caracas.  Continuaremos cantando y viendo la sonrisa aparecer en los labios de quienes se sorprendan al vernos llegar. Únanse a cantar parrandas y aguinaldos hasta el 2 de febrero. 

¡Prendamos una vela y pasemos la luz!

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