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Natalicio del Niño Dios. Día de Año Viejo. Por lo que resta de este mes, no hablaremos de política. Prometido. Es mejor, reivindicar el amor, el calor, la cercanía  física y a  falta de ésta, la omnipresencia afectiva,  de quienes amamos. En lo adelante, conversar de hallacas, pan de jamón, bollos, dulces de lechosa, ponche crema. Y para aquellas personas, anheladas, por los largos caminos que se interponen, nuestro cariño inabarcable. Pronto, no existirán distancias.

 Varios tragos, pocos, muchos, un solo palito, aunque sea, porque el alma se expande con el elixir de la buena copa. 

  Diciembre, además, es sinónimo de música navideña. Aguinaldos, parrandas, gaitas, villancicos, en general. El cronista carece de prejuicios regionalistas en la materia. “Te vestiste de amarillo, pa´que no te conocieran¨; “con mi burrito sabanero voy camino de Belén” nos alebrestan  el ánimo de convivencia, lo mismo que una afinada “Noche de Paz”. Irrelevante el idioma en que se entonen, árabe, chino, alemán, inglés, román paladino, porque fechas como las de hoy, son expresión de la universalidad, simiente de la convivencia pacífica entre todos los hombres y mujeres de buena  voluntad.

  Incluidos  nuestros hermanos (¿?) roboLucionarios. Humanos, al fin, por más que parezcan lo contrario. Además, los “menos piores” , a estas alturas, ya se habrán convencido de la chapuza de todo lo que representa la narcocleptocracia chavomadurista. Pero esa es otra historia. Mientras tanto, rendimos tributo a la confraternidad. A la coexistencia en paz, cariñosa, solidaria. “La tolerancia, es la cortesía de la inteligencia”, nos enseñaba nuestro Pedro Emilio Coll. 

Expresión de tal estado de ánimo, es darle espacio, en la presente crónica, a ciertas coplillas navideñas, de típica inspiración roboLucionaria. De esta manera levantamos acta, que no les guardamos rencor. Al final, son gente persistente en conservar sus tradiciones, malas, pésimas, pero sus tradiciones después de todo. 

A continuación reproducimos las referidas coplillas, tal como vinieron al Mundo, auxiliadas con la melodía de la conocida y archirreconocida, parranda  navideña, compuesta por el maestro venezolano, Oswaldo Oropeza,  “Fuego al Cañón”. Los que lo deseen, quedan en libertad de tararearlas y hasta de echar un pie,  con las reservas del caso. Porque el narcochavomadurismo o corona virus moral, condena a infarto fulminante al miocardio de la decencia y además, lo malo es lo que se pega.  Pongan atención:  

“Yo no como hallacas/ ni pan de jamón/ lo único que engullo / es mi billetón.”

“Esta quinta es grande/ tiene cuatro esquinas/ salió del negocio/ de la cocaína.”

“Tengo muchos reales/ no me mortifico/ me los he ganado/ vendiendo perico.”

“Diosdado, pa´rriba/ Diosdado, pa´bajo / pegao a Diosdado/ estoy en el ajo.

”“Ir a trabajar/ no lo necesito/  soy el testaferro/ del Nicolasito ( Y del más ladrón/ el Nicolasón).”

Y, para finalizar, la siguiente, de inspiración propia:

“Suenan triqui-traquis/ huele a zafarranchos/ el año que viene/ les ponen los ganchos. (Amén, que así sea, en cárcel para criminales de altísima peligrosidad. Previo el debido proceso. Por 30 años. Sécula seculorum, de la normativa venezolana. Lastima que no sean más).

Cumplido, pues, lo ofrecido. No hemos hablado de la cochina política. Pura Navidad.

@omarestacio

 

 

 

  

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