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Las consultas ciudadanas son siempre el mejor antídoto contra los conflictos. Representa esa receta que ofrece la democracia para remediar desencuentros y saldar cuentas pendientes, sin necesidad de llegar a los extremos, en donde explota la racionalidad y se impone la sinrazón.

Es la manera civilizada de canalizar las divergencias naturales de los seres pensantes, es la regla de oro que se aplica y acata cuando cada tendencia se somete a un escrutinio soberano, donde sólo la mayoría cuenta a la hora de adjudicar victorias, sin que eso signifique que el triunfador aplastará a la minoría.

En la libertad de pensar, en el respeto a la opinión ajena y en la pluralidad y alternancia en el ejercicio del poder, estriba la diferencia entre gobiernos que surgen de sistemas democráticos y regímenes que se apoyan en códigos autoritarios. Donde no hay elecciones libres no puede haber nunca gobiernos auténticamente democráticos. Serán siempre de origen sospechoso porque su naturaleza no ofrece legitimidad de origen. Es el caso venezolano hoy. Antes, Chávez llegó al poder por la vía del sufragio, sabiendo que tenía la cicatriz que lo inculpaba de ser responsable de una sedición de la que no se podrá librar, incluso, después de fallecido. Cuando compitió por la presidencia de la República en los comicios de 1998, no contaba con piezas dentro de lo que era el Consejo Supremo Electoral, esa falta de activistas, no impidieron que se le reconociera la victoria que terminó utilizando para asaltar las instituciones públicas que eran columnas claves del sistema democrático venezolano.

Acaban de realizarse las elecciones en los EEUU, millones de ciudadanos de ese país acudieron a las urnas electorales de forma presencial o a distancia por la senda de los correos. En medio de una refriega entre los abanderados de los republicanos y demócratas, se produce un resultado que no ha estado libre de cuestionamientos, pero lo que ha contado es que se hizo el proceso, que cada tendencia tiene sus recursos de vigilancia de los diferentes pasos del proceso, que se hacen auditorias, que se pueden entablar denuncias ante instancias judiciales que responden al Estado de derecho.

Lo mismo ocurrió en Argentina, en donde el presidente en el ejercicio del poder, Mauricio Macri, no vaciló en admitir su derrota. Una conducta similar cumplió el contendor perdedor en las recién efectuadas elecciones bolivianas, Carlos Meza, que le deseó lo mejor en su inminente gestión al laureado vencedor Luis Arce.

Esas son las historias que se dan antes, durante y después de los procesos electorales realizados en países donde sobreviven algunas instituciones, en un ambiente de democracia donde las reglas del juego valen para todos los que se involucran en la pugna por alcanzar el poder.

Todo eso que hemos comentado antes, es lo que no existe en Venezuela. Y es así porque los poderes públicos están secuestrados, porque quienes han capturado esas instancias, que deberían servirle a todos por igual, las usan descaradamente para configurar fraudes. De allí que mientras esa camada delincuencial continúe manipulando a su antojo esas instituciones, será imposible hablar con propiedad de elecciones libres en Venezuela.

Por lo tanto, seguir luchando para que se produzca cuanto antes el cese de la usurpación, es la posibilidad de encontrar la llave que abra la puerta de entrada para vivir en democracia en Venezuela.

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