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Durante décadas, en Venezuela nos hemos conformado con sentirnos lejos del peligro iraní. Ha prevalecido una especie de pensamiento placebo que nos decía: es una amenaza para Israel, Estados Unidos y el mundo árabe. Y no más. Hasta el año 2000, no podíamos imaginar que Venezuela se convertiría en aliada de una nación exportadora del terrorismo, ni mucho menos, que ella llegaría a tener presencia real, política, militar y económica en nuestro territorio. Escribo este artículo con el deseo de contribuir a despertar la atención de los líderes venezolanos, de todas las ideologías y tendencias políticas, sobre el ámbito de inimaginable peligro en el que hemos ingresado.

La entrada de Irán en Venezuela, aupada por el régimen de Maduro, no es fortuita. Responde a un plan que viene ejecutándose desde hace décadas. El 18 de julio de 1994 ocurrió un hecho extraordinariamente noticioso, cuyas implicaciones todavía no se han valorado de modo suficiente: un coche bomba estalló en la sede la Asociación Mutual Israelita Argentina -AMIA- matando a casi 90 personas y dejando heridas a más de 300. La investigación y el proceso judicial, entorpecido y saboteado por sectores musulmanes, izquierdistas, antisemitas y antinorteamericanos, tras años de diligencias, finalmente arrojó conclusiones firmes: fue ejecutado por Hezbolá -organización que mantiene unidades de sus milicias en territorio venezolano-, con el patrocinio de Irán. Aquel atroz atentado establece un hito: el aviso de que Irán había comenzado su andadura por América Latina.

Desde ese momento, agencias de inteligencia de varios países, incluso de América Latina, vienen siguiendo los pasos de la acción en nuestro continente de agentes iraníes y de los grupos que ese país financia. En un artículo que publiqué hace algunos meses, me referí a la participación de estas células en el negocio del narcotráfico en la llamada “triple frontera” de Paraguay, Brasil y Argentina, y en otras zonas del continente. En noviembre de 2017, el vicepresidente de Irán, reunido con Maduro en la Bolivia bajo el control de Evo Morales -durante el IV Foro de Países Exportadores de Gas-, lo dijo sin eufemismos: “América Latina es muy importante para la República Islámica de Irán y su política exterior”.

Y ese es, justamente, el asunto medular: que el contenido y los objetivos de la política exterior de Irán no se limitan, como equivocadamente se percibe, a la influencia o control de la ‘media luna chiita’ -expresión usada por Abdullah II de Jordania en 2004- para describir el arco territorial en el Medio Oriente, donde la población chií es mayoritaria. No. Los objetivos iraníes tienen proyección planetaria. Se proponen, nada menos, que la dominación de Occidente, aunque ese enunciado nos parezca hoy descabellado.

El régimen islámico se asume portador de un designio: haber sido designado por Alá, para alcanzar la expansión del Islam por el mundo, lo que haría posible la creación de un gobierno mundial mahdivista (inspirado en el mesías chií Hazrat Mahdi), que liquide la vida inmoral y decadente que es propia de Occidente. Según esa visión, el sistema democrático, los parámetros de los Derechos Humanos, la vida cotidiana en condiciones de libertad, la causa de la igualdad de las mujeres, y toda una enorme lista de asuntos que son constitutivos de las aspiraciones y las realidades de buena parte del mundo, son degradantes, contrarios a sus creencias, y deben ser castigados y erradicados, doblegando, imponiendo, violentando.

Sobre estas premisas -religiosas, políticas y militares-, el poder iraní ha exportado el terrorismo por décadas, hacia los cinco continentes. No solo entrena terroristas, no solo los asesora en planificación de los ataques, sino que se encarga de acogerlos y protegerlos durante largos períodos de tiempo. Se trata de un régimen que asume como legítimo el uso de la violencia, especialmente contra personas inocentes, puesto que deben ser sometidos a sufrimientos por vivir al margen de las leyes que emanan de la interpretación que tienen de la doctrina de su Dios. Eso odio a todo lo que es distinto es lo que hace posible que, sin ocultamientos, todavía hoy se atrevan a decir que Israel debe ser borrado de la faz de la tierra.

La estrategia iraní actúa a partir de un diagnóstico político, cultural y demográfico: las instituciones en Estados Unidos y Europa son cada día más débiles; la izquierda cada vez más supera las resistencias de los países a los inmigrantes y abona el terreno para la proyección cultural del Islam; el declive demográfico en los países occidentales contrasta con el auge poblacional de las regiones del mundo donde el extremismo islamista crece en poblaciones cada vez más numerosas. Bajo esa perspectiva, Irán se prepara conquistar influencia, control y territorios en América Latina, en los próximos años y décadas.

Es bajo este apurado dibujo de fuerzas, que es necesario entender la presencia de Irán en Venezuela: para el régimen patrocinante del terrorismo significa ganar un territorio de casi un millón de kilómetros cuadrados, en el que establecer bases militares, fabricar y esconder armas, crear escuelas de formación de militares chiitas, propagar su credo religioso, hacer negocios sin control alguno, incorporarse de lleno al narcotráfico, aumentar su capacidad de acoger y hospedar terroristas, todo ello sin regulación alguna y fomentado por el poder madurista.

La enormidad de la amenaza que esto representa para la población venezolana es extrema: nuestro país podría convertirse en muy poco tiempo en objetivo militar de Estados Unidos y Europa, amenazados a su vez por las bases de misiles de Irán en Venezuela. Si el avance de los intercambios militares de los dos regímenes continúan, si Irán hace de Venezuela un gran campamento armado y de estaciones de misiles, incluso los peores presagios, lo que hasta no hace mucho parecían no más que sangrientas fantasías, podrían hacerse realidad. No hay que esperar ni un día más. Irán debe salir de Venezuela de inmediato.


Este artículo fue publicado originalmente en El Nacional el 8 de octubre de 2020

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