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En artículos anteriores he enfatizado que el hecho económico más importante de nuestra época es el surgimiento de la economía del conocimiento, que vuelve más urgente mejorar la educación y la salud en nuestro país. ¿Cómo sabemos que la educación y la salud se han convertido en las fuentes esenciales de toda riqueza?

Así. Piense usted que el progreso es una línea que va de menos a más desarrollo. Una innovación normal acelera la velocidad a la que la sociedad se mueve sobre esta línea. Una revolución tecnológica cambia la dirección de la línea, redefiniendo la dirección del progreso.

La Revolución Industrial comenzó en la última cuarta parte del siglo XVIII en Inglaterra con máquinas que multiplicaban el poder del músculo. Por ejemplo, en el transporte, estas invenciones fueron desde las locomotoras de vapor a los aviones jet, a los cohetes espaciales, a los automóviles, los elevadores y los submarinos. Todos hacen lo mismo, ayudar al músculo a transportar cosas de un lado a otro.

Pero desde el último cuarto del siglo pasado surgieron inventos que cambiaron la dirección del progreso: no multiplicaban el poder del músculo, sino el de la mente, individualmente y poniendo en contacto unas mentes con otras en el mundo entero. Esos inventos redefinieron el concepto del progreso y desencadenaron una era de innovación tecnológica en todos los campos de la ciencia.

Los nuevos inventos nacieron del matrimonio de las computadoras con las telecomunicaciones. Su primer efecto fue lanzar la globalización a través de hacer posible el manejo de procesos complejos a distancia. Durante la era industrial todos o casi todos los procesos que llevaban a la manufactura de un bien industrial se llevaban a cabo en un solo lugar. Así, todo lo que va en un carro Ford se hacía en una planta en Michigan. Las empresas compraban las materias primas, las procesaban en una sola ubicación y vendían el producto final ya terminado. Se sabía que había muchas partes del producto final que hubiera sido más barato producirlas en otros lugares, pero la coordinación a la distancia para que la producción fluyera sin problemas era demasiado difícil.

La unión de las computadoras con las telecomunicaciones y los medios rápidos de transporte hicieron posible una coordinación estrecha a través de la distancia, permitiendo así esparcir las cadenas de producción por todo el mundo, a donde fuera más barato tenerlas. Así, por ejemplo, posibilitaron que el diseño de un carro se hiciera en Italia, que su motor fuera hecho en Inglaterra con inyectores de combustible hechos en Alemania y computadoras hechas en California, y que todo se armara en distintas partes del mundo para vender el carro en distintos países. Esto generó la globalización, la repartición de la producción de las cosas por todo el mundo.

Pero eso fue solo el principio. Tomando ventaja de la revolución tecnológica, por ejemplo, Apple dividió su producción entre actividades de alto y bajo valor agregado. Las primeras, las de alto valor agregado, las que generan salarios más altos y utilidades mayores, involucran solo la mente: la concepción de los productos, su diseño, el manejo financiero, el plan de mercadeo, la coordinación de toda la empresa. Todo esto, lo que genera mayor riqueza, se hace en EE.UU., tomando ventaja de la educación de la población de ese país. La producción física, que mucha gente en nuestro país todavía cree que es lo que más vale porque es lo que se ve, la deja para que se produzca en China, tomando ventaja de los salarios bajos de una población menos educada. Lo mismo hace Samsung, que hace su trabajo mental en Corea y el físico lo deja a los chinos. Por eso es que las sedes de las empresas más grandes del mundo, como Apple, Amazon, Facebook, Google, no tienen ninguna chimenea y parecen no fábricas sino universidades.

Pero hay otros efectos. Otro producto de las nuevas tecnologías son los robots, que sustituyen a la gente haciendo tareas que no requieren educación. Reflexione ahora por un rato y dese cuenta de que si no educamos a la población quedaremos siempre en el lado pobre del mundo, y que aun de ese lado nos pueden expulsar los robots. Y dese cuenta de por qué hay que insistir en educar y darle salud al pueblo. No es solo por solidaridad. Es para que todos podamos sobrevivir en el nuevo mundo de la economía del conocimiento.


Manuel Hinds es ex Ministro de Finanzas de El Salvador y co-autor de Money, Markets and Sovereignty (Yale University Press, 2009)

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 13 de noviembre de 2020. 

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