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“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”.
Albert Camus

Resulta dramática la dificultad de encontrar transformación política a la indignación ciudadana. Esta evidente apatía o absurda indiferencia expresa la crisis social de nuestra ciudadanía; la indignación, los deslizamientos morales de una sociedad desconcertada y asustada. Ahora bien, la indignación, por si sola, no va a ninguna parte; en tanto que la indiferencia no sabe adónde ir, y resulta nociva porque equivale a la aceptación de la fatalidad: “Esto se jodió”…

Lamentable expresión de claudicación e impotencia que últimamente se oye demasiado. Esa apatía en lo pertinente a la toma de posiciones respecto más que a la política, a los asuntos públicos, que nos aleja de la res-publica, en la que vivimos atrapados millones de ciudadanos, es probablemente reflejo de una actitud cotidiana de desinterés, o de temor ante las embestidas intolerantes del régimen y del escepticismo relativo a cualquier tipo de llamado a la protesta… aún conservando la indispensable bio- seguridad ante el riesgo del Covid

La arrechera – o indignación para los más recatados o de delicados oídos- por lo menos, tiene la virtud de recordar que seguimos vivos. Y ambas nos recuerdan que sin alternativas políticas reales y sin un sentido que la anime, nuestra democracia yace gravemente herida.

Entre la indignación y la indiferencia… ¿qué vemos? Una política perdida en el marasmo de los intereses, incapaz de dotar de sentido a una indignación que ya se siente en todas las instancias de nuestra carajeada Nación. Y lo más preocupante es esa indiferencia que sirve de argumento al régimen para decir que la mayoría de los ciudadanos apoya sus disparates.

Frente a una indignación que no se concreta y frente al silencio ensordecedor de la indiferencia y el increíble estoicismo, se hace imperativo conectarse mucho más con ese compatriota que está aún caminando en esa senda entre el ser súbdito o ciudadano.

Y así se va avanzando por la senda que marca el temor de perder la dádiva o “la Clap”, que es la palabra mítica que sirve de eufemismo de la imposición de fuerza.

Basta de ser indiferentes frente a acontecimientos, situaciones, que golpean la dignidad de nuestra ciudadanía Y como nos vamos acostumbrando a las interminables colas para surtir la gasolina mas cara del continente… en un país que contó con las mejores refinerías y que producía 3.350.000 barriles de petróleo diariamente. Un país con las mayores reservas de gas en el mundo … y hoy nos sugiere el perverso régimen que cocinemos con leña, A acostumbrarnos a observar como enflaquecen nuestros bolsillos y se adelgaza casi en la imagen biafrana muchos de nuestros amigos, o familiares; y nos preguntamos: ¿Dónde quedó aquel ser irredento, de temple y coraje comprobado que narran todos los libros de nuestra historia? ¿Acaso mentía Eduardo Blanco en su “Venezuela Heroica”? Es la radiografía del individuo que acepta sin discusiones la actitud de derrota ante la vida misma, que se plantea estoicamente “así son las cosas, qué le vamos a hacer”. El proceso al cual se nos va llevando como nación de borregos se centra, primordialmente, en modificar las conductas de los sujetos eliminando o aminorando a su mínima expresión el juicio y la capacidad crítica en los ciudadanos, tanto en lo individual como en lo colectivo.

La pasividad, la apatía, la indolencia o la aquiescencia ante lo que ocurre, el vivir optimizando las ventajas sin pensar más allá de las narices. ¿Es la indiferencia, acaso, el rasgo más sobresaliente del actual tiempo histórico?

Ocuparse sólo de los asuntos de uno, interesarse por el apartamento y no por el edificio; pensar en términos privados antes que públicos; es una coartada para no hacerse cargo.

“Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos”, fue una certera sentencia de Martin Luther King, activista por los derechos civiles y la no violencia en Estados Unidos.

Elie Wiesel, escritor húngaro de nacionalidad rumana superviviente de los campos de concentración nazis, sostuvo a su vez: “Lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es la herejía, es la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte”.

La indiferencia llega a confundirse con cobardía en estos duros tiempos que nos han tocado vivir, es la abdicación de la voluntad, es apartarse del cumplimiento del deber moral y cívico, es dejar a un lado tanto las ideas propias como la voluntad; es matar al “Pepe Grillo” de cada quien, como si fuésemos de madera

Hace un par de meses la Conferencia Episcopal Venezolana nos señalaba: “Con abstenerse de participar en el fraudulento proceso electoral del 6-D, no basta”. Y esa advertencia fue escuchada.Y surgió la propuesta de la CONSULTA, una excelente catapulta que permitirá enviar esa tremenda arrechera de toda una nación a los organismos internacionales, paso fundamental para lograr los anhelados y merecidos cambios en nuestro país.

Hace 2.500 años Platón, para quien los temas políticos ocuparon siempre un lugar central en su pensamiento, afirmó que “el castigo de los hombres buenos que no se ocupan de la cosa pública es ser gobernados por hombres malvados”.

Así las cosas, vamos todos a participar en la Consulta, pues con arrecharse… no basta.

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