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Luis Barragán @LuisBarraganJ

Pocas cosas pueden darse por (con) sabidas, porque el ritmo de los acontecimientos suele trastocarlas para adquirir otros significados y perder hasta su propia naturaleza. Incluso, por muy prioritario y decisivo que sea el drama político, no se entiende el epicentro sin sus secuelas: importa reiterar el problema (rio) universitario, como otros tan acuciantes, porque – siempre, a medio camino – corre el riesgo de una inmerecida banalización.

Hay una quiebra de la oferta y de la demanda educativas, bajo un intervencionismo estatal que violenta cualesquiera previsiones constitucionales. Por sí mismos, los problemas de la universidad venezolana adquieren una profundidad y una gravedad extraordinarias y, entre otros, citemos: deserción masiva de estudiantes y profesores, déficit crónico del presupuesto, deterioro de la planta física, delincuencia común y política, corrupción y corruptelas administrativas y académicas, inexistencia de recursos pedagógicos, atraso tecnológico y brecha digital, pensa anacrónicos, abandono del personal administrativo y obrero, crisis de la institucionalidad universitaria (autoridades, gremios), pérdida de la carrera académica (deplorables salarios ni siquiera de subsistencia, ausencia de concursos de oposición o credenciales, aislamiento internacional, etc.). No obstante, tomar uno o dos de estos aspectos, ejemplifican, mas no explican un fenómeno, sin precedentes en el país.

La destrucción, o el esfuerzo de destruir a la universidad, guarda estrecha correspondencia con la propia naturaleza del régimen que padecemos, pues, ya no le basta con el intento de neutralizar una instancia de poder, ni de acabar con un referente de la movilidad social, en su afán lumpemproletarizador. A nuestro juicio, además, sintoniza con el propósito de alterar la producción del conocimiento estratégico y sus relaciones, en la región: es decir, versamos sobre toda una geopolítica del saber.

Luego, la indefensión de la universidad pública y autónoma, la cual dará más temprano que tarde alcance a la universidad privada, en el contexto de una economía criminal, tampoco es gratuita. Sin dudas, como nunca antes, con las honrosas excepciones, hay una doble quiebra política de la universidad vandalizada y extorsionada que no realizó sus elecciones, absolutamente conforme con el artículo 109 constitucional y la Ley de Universidades, acatando la tristemente célebre sentencia 0324 del espurio TSJ (2019), por una parte; y, por otra, tampoco halló comprensión, orientación y respaldo en el liderazgo opositor predispuesto a la negociación y entendimiento con el régimen, sin que la propia Asamblea Nacional haya dicho nada en torno a la suerte de sus dos representantes ante el CNU, los cuales nombró el presente año . En ambos casos, acotemos, por vocación, miedo u oportunismo, prevalecen los sectores colaboracionistas o cohabitadores, marcando una distancia sideral con el viejo testimonio de la universidad defensora de las libertades y de la república misma.

Una somera revisión de las redes digitales, dará cuenta del discurso, la discursividad y la narrativa universitarias, así como las propuestas alternas planteadas en las pocas discusiones que se han dado – incluso – en la corporación legislativa. Empero, no es posible que el incendio de la Biblioteca Central dela UDO, en Cumaná, se reduzca sólo a un asunto salarial o de los laboratorios, otra manera de guardar silencio: cenizas de una radical incomprensión política del problema (rio) universitario.

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