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Luis Alberto Buttó @luisbutto3

Ser estudiante es un acto existencial indisolublemente ligado a la persistencia de la esperanza. Obviamente, se estudia por muchas razones, pero, entre ellas, cabe destacar la acendrada convicción que anida en el alma del buen estudiante de que el conocimiento adquirido le servirá como instrumento de enorme valía para participar en la construcción de un mundo mejor. Parafraseando a Winston Churchill, muchos estudian por el hermoso anhelo de llegar a ser más útiles que importantes. Sin duda, ellos son los que mantienen viva la flama del progreso y el desarrollo. 

El buen estudiante sueña. Haciendo cálculos sueña con construir puentes, vías férreas, carreteras, que comunicarán a la gente y le facilitarán la vida al propiciar el encuentro de afectos, saberes y productos. Sueña con descubrir las estrellas que permanecen escondidas en la inmensidad del universo solo con la intención de recordarnos la humildad que debería caracterizarnos. Sueña interpretar códigos y normas para defender al inocente de toda agresión venida desde el terreno de los poderosos. Sueña, al colocarse por primera vez la bata blanca que terminará identificándolo, que al final del camino encontrará la cura para enfermedades cuyo misterio aún no desvelado hace sufrir a sus semejantes. Sea la ciencia que escoja, el estudiante sueña; sueña con brindar las respuestas que la humanidad anhela.  

Ser estudiante y ser consciente del papel social que ello siempre ha representado, es consustanciarse con el ideal democrático. Solo en democracia estudiar puede ser mecanismo para la inclusión y no para la exclusión, como sí lo es en regímenes autoritarios o totalitarios. Solo en democracia, por el afán del sistema de que las oportunidades alcancen a todos, encuentra espacio en aulas y laboratorios aquel que en algún momento pensó que le estaría negado el acceso al conocimiento. Solo en democracia puede formarse el espíritu crítico inherente a la condición del estudiante verdadero; léase, el de mente cuestionadora, dispuesto a derrumbar barreras físicas y culturales, ganado para hacer añicos anacrónicos paradigmas.

Ser estudiante es ser un cruzado de la paz, no un corifeo de la violencia. En las bibliotecas no tiene cabida el odio sino el apego a la verdad. La quietud del estudio solo debe ser sorprendida por el estallido de la risa del que se mantiene enamorado de la vida. En fin, ser estudiante, pero serlo realmente, es optar por la bondad que jamás se deja ennegrecer por el resentimiento. Y eso lo saben, incluso, los padres que no pudieron ser estudiantes en su momento, pero que trabajan sin cesar para que sus hijos lleguen a encarnar el ideal del hombre bien instruido. Por supuesto, todo esto es incomprensible para quien mira en la irreverencia del estudiante el peligro de que se desmonte su ejercicio arbitrario de autoridad. Ser estudiante es sinónimo de libertad y la libertad es un escollo en la configuración del despotismo.   

A todos los que en este país lo son, ¡feliz día del estudiante universitario! En especial a aquellos que me han dado el honor de ser su profesor. 

@luisbutto3

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