Luis Alberto Buttó @luisbutto3

Por definición, los seres humanos somos una especie gregaria. De por vida, nos guste o no, mantenemos relaciones de interdependencia. Cada palabra que pronunciamos, cada gesto y acto que realizamos, cada conducta que desplegamos, de una u otra manera, influye en los demás. Ex profeso, o sin apenas darnos cuenta, vamos haciéndole bien o haciéndole mal a cada persona con la cual nos relacionamos, directa o indirectamente, por el simple hecho de vivir en sociedad. Si en algo es verídico lo del llamado efecto mariposa es en la relación que se establece entre las personas. Hay una conexión indisoluble entre nosotros; eso nos hace profundamente fuertes, pero, simultáneamente, nos hace irremediablemente débiles. En consecuencia, lo lógico sería que fuésemos conscientes del impacto que, a cada paso, dejamos en este sentido. Lamentablemente, no es así. Aquí y allá, en el planeta entero, vamos tirando sin mayor preocupación. ¿El lema predominante? El que venga, que arree. 

Que América Latina es la región menos equitativa en el mundo, es cosa por demás sabida. Que en la actualidad Venezuela es la mayor representación de esa cruda realidad, no tiene discusión alguna. Al respecto, hablan con sobrada elocuencia los índices de pobreza en el país. En ese contexto, es por demás comprensible la urgencia de estar en la calle de quienes imperiosamente tienen que salir día tras día a buscar el sustento. La necesidad y el desespero que ella produce no necesitan traducción alguna. En tales condiciones, el confinamiento puede terminar siendo condena adelantada. Eso hay que entenderlo. Es perentorio encontrar respuestas que no apunten a la manipulación, la propaganda o la demagogia y que, por el contrario, vayan en pos del auxilio certero e inmediato de quienes lo están requiriendo con suma urgencia. De lo contrario, las magnitudes de la tragedia serán aun mayores. Cada día que pasa cuenta demasiado.  

Lo que no tiene explicación ni justificación alguna es la irresponsabilidad de quienes en estos momentos tormentosos hacen de la indisciplina social su norma de conducta característica. Los que con absolutos desparpajo e indolencia contribuyen de manera voluntaria a que la tragedia se extienda por razones que bien podrían evitarse. Los desafueros cometidos por aquellos cuya estupidez absoluta los carcome de los pies a la cabeza. Desafueros que pueden ser grandes o pequeños, pero que, a fin de cuentas, dejan secuelas terribles al contribuir al incremento de las tasas de contagio de la enfermedad en boga que los interesados de verdad, a pasos agigantados y con esfuerzos sobrehumanos, tratan de descifrar, enfrentar y contener. 

Es el comportamiento, verbigracia, de sectores de la población que bien pueden poner en práctica lo de quedarse en casa y aguardar con paciencia que la tormenta amaine porque disponen de los medios para hacerlo, sin por ello poner en mayor riesgo la satisfacción de sus necesidades vitales, pero que, deliberadamente, deciden no hacerlo. Es el comportamiento, verbigracia, de quienes pululan en lugares públicos y/o en espacios comunes sin tapabocas o utilizándolo inadecuadamente, o sin guardar ningún tipo de distanciamiento, invocando cientos de excusas, cada una de ellas en competencia de irracionalidad e insensatez con la otra. Es el comportamiento de aquellos para los cuales definiciones como asintomático no están en su diccionario, si es que, por casualidad, llegaron a tener alguno. Es el comportamiento de aquellos que, definitivamente, poco o nada les importa el daño que pueden causarse a sí mismos y, peor, el daño que pueden causar a los demás. Más que incomprensible, es condenable el asunto. La indolencia es intragable.

A estas alturas del vendaval que atravesamos, la ignorancia es impensable. No hay excusa para la estulticia.     

@luisbutto3

The post Luis Alberto Buttó: Indisciplina e indolencia appeared first on LaPatilla.com.

Source