Paul Verlaine, uno de los grandes poetas franceses del siglo 19, escribió un famoso poema que comienza con las líneas “Il pleut dans mon coeur” y “Comme il pleut dans la ville” (Llueve en mi corazón como llueve en la ciudad). Me imagino a Verlaine, parado en la acera de una calle de París, viendo como caía la lluvia, y lejos de alegrarse por sentir que calmaba el calor veraniego, llenaba su corazón de languidez.

Ese sentimiento lo he tenido yo cuando, desde mi casa, observo cómo cae una lluvia que riega la grama y las plantas que sufren la sequía y ello me alegra, pero hace que sufra mi corazón saber que torrentosos aguaceros y tormentas destruyen ciudades.

El agua, sin la cual no hay vida en el universo, cuando se precipita desde el cielo, es bendecida en zonas devastadas por permanente aridez, pero también es maldecida cuando produce inundaciones, que causan muerte de seres humanos y de animales, y a veces irreparables destrucciones.

En el mundo actual, sometido a lo que parecen ser interminables desastres, como la pandemia del coronavirus, guerras inaceptables, como la provocada por la invasión Rusa a Ucrania, y otras más a lo largo del mundo, como las amenazas a la democracia, como la que vemos en los Estados Unidos y en países latinoamericanos, como la continua violación de los derechos humanos por crímenes de genocidio y de lesa humanidad.

Todo eso nos hace recordar que en tiempos de sequía, los venezolanos cantamos: “Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva” y, en tiempo de lluvia incesante: “San Isidro labrador, quita el agua y pon el sol.”

Está lloviendo y eso me alegra porque va a permitir que broten las semillas que he sembrado, pero también me languidece porque las goteras del techo van a lograr que se mojen, para mal, unos muebles.

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