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Se dice que, antes del diluvio, los animales exhibían una piel que no la percudía ningún elemento extraño a su ámbito de vida. Cada especie, gozaba de colores que le eran absolutamente propios. Nada lo alteraba. Aunque por razones de sobrevivencia, debían luchar –cuerpo a cuerpo- con otros más fuertes o ágiles. Sin embargo, nada desteñía, afectaba o manchaba su piel. Los blancos, eran blancos. Los verdes, lucían sólo su profuso color. Los amarillos, igualmente. Y así, sucedía. Las rayas o trazos que podían camuflar su presencia o confundir su acecho al momento de saciar su hambre, no eran razón de cambio del color primigenio. Así lograron conservarse hasta un cierto momento.

Existen distintas leyendas que cuentan cómo la piel de muchos animales, cambió. No sólo de color. También de textura y consistencia. Hay una leyenda que, particularmente,  habla de un cóndor, de gigantesca envergadura, que invitó a una hermosa y educada hiena a una fiesta en lo más alto del cielo. Era una hiena de un color blanco marfil. Para llegar rápido y seguro, el cóndor debía llevarla agarrada de sus enormes y seguras garras.

Algo dudosa, pero emocionada por la atracción que generaba tan seductora invitación, la inquieta y risueña hiena terminó aceptándola. Aunque no tenía idea del lugar del cielo al que podría ir. Imaginó que sería el que quedaba arriba de su sabana. Pero no fue así. La parte a la que refería la invitación, era más lejana.

El motivo de la invitación, era una celebración cuyo acto central consistía en un sacrificio para rendir pleitesía al Astro Sol. Y el pensado del inmenso cóndor, era sacrificar a la bien portada hiena. Pero ésta advirtió la treta y se dio a la fuga antes que los asistentes notaran su presencia. Esto facilitó la escapatoria.

Debió sobornar a un guardia que celosamente, cuidaba que nada arruinara su trabajo. Fue el momento para que, a cambio, el centinela le pintara rayas a la bonita hiena. Más por la envidia del color que poseía, que por otra razón.

A partir de entonces, quedó feamente manchada. Tanto su especie como otras especies animales, debieron pagar el atrevimiento de la hiena. Esta, por frívola, curiosa y cándida, hizo que el inexorable destino aplicara aquella sentencia que reza: “justo por pecadores”.

¿Dónde la política se hizo del problema de la hiena?

Es exactamente el problema que salpica al mundo de la política. Por culpa de algún imprudente, que siglos atrás cometió el mismo exabrupto de la hiena.

Hoy en día, quienes ejercen el oficio de la política, son sospechosos de corrupción. En cualquiera de sus opciones o niveles de intromisión, intervención o dedicación. O sea, son individuos manchados, curtidos, estampados o señalados por causa del hecho en cuestión.

Generalmente, son personas sin la preparación necesaria para ejercer la política. O bien,  formadas en andanzas de calle o de pasillo. O porque están sedientos de poder para satisfacer vicios reservados. O rebeldías estancadas. Son casi siempre, personas carentes del conocimiento que demanda la gerencia política. Muchos con resentimientos acumulados. Soberbios de personalidad. Con ínfulas de militar irreverente. O con deseos de embucharse económicamente a como dé lugar. 

Y esta situación la acusa la clase política, con escasa excepciones, indistintamente de la ideología política a la que se acoge. Embarga por igual a unos y a otros. Estos problemas recaen sobre cualquier grupo o factor político. Podría inferirse que  las crisis que padece todo ejercicio de política, resultan de causas que por igual son múltiplos del mismo divisor.

Las diferencias entre adversarios, no estriba tanto en discursos de promisorias ofertas, como en el estilo que marca el ejercicio político demostrado. Bien porque se asocian con estamentos que detentan una mayor o menor capacidad ante el manejo político de la incertidumbre. O porque se vinculan a instancias más o menos aprehensivas de las realidades en las que se suscribe el accionar político.

Por rivales que estos actores políticos puedan ser o parecer, siempre se encontrarán con dificultades bastantes semejantes. No sólo de naturaleza económica y social. También de razón política.

En el fragor de tan complicada situación, la discrepancia reside en que unos pueden sumarle o restarle algunos conocimientos o experiencias. Y de suceder, es posible que no se opere cambio alguno en la esencia del problema.

Por eso, el prolegómeno de esta disertación partía de la explicación que marca la diferencia de los animales antes y luego del diluvio. La leyenda de la hiena que sufre el manchado de su piel, vale para evidenciar los problemas que su imprudencia le marcó a ella y a su especie.

El hombre, “animal político”

Esta referencia, persigue ilustrar la racha de acusaciones que recae sobre el politiquero. Por la silente complicidad que generalmente se da, no sólo, entre miembros de un mismo grupo o partido político. También, entre pares políticos de distintos movimientos o sectores políticos. Tanto de una tendencia, como de otra.

Esto ha devenido en una vertiginosa multiplicación de muchos conciliábulos políticos. En todas las direcciones posibles. Es así como actúan sin prestar mucha atención de las leyes y los límites que en medio de situaciones ambiguas, esquivan fácilmente.   

Estos factores políticos, sus protagonistas, no se juegan otra cosa que no sea lo que sus conveniencias demanden en cualquier instancia de poder. Más, cuando su actitud de soberbia, lleva a hacerles creer que su superioridad está por encima de todo.

La desenfrenada rivalidad que pareciera fracturar sus complicidades, lejos de desvincularlos como factores políticos, aglutina los esfuerzos de afianzarse a razones que justifiquen su lucha por el poder político. A pesar de todo lo arriba aludido, la teoría política ha hablado de la necesidad de consolidar las capacidades políticas que apuestan al poder. Elevar la eficacia del ejercicio político, es el objetivo. Pero esto se alcanza en situaciones donde el poder se comparta. He ahí la dificultad. Justo es el detalle que no logra absorberse como razón para superar en sana convivencia las diatribas que han deformado el ejercicio de la política. Más aún, en realidades enredadas a consecuencia del subdesarrollo que se padece.

Es la razón para aducir el problema que sufrieron aquellos animales cuyo color cambió. Incluso sus rasgos y modos de vida. Respecto de la hiena de la leyenda, la naturaleza hizo que perdiera su color de principio. Su descendencia es oscura. Además, rayada o manchada. Asimismo, carroñera, peligrosa y depredadora. Y acá viene la analogía.

A juicio de Aristóteles, el hombre es un “animal político” (zoon politikón). Lo refirió así, al situarlo respecto de la dimensión política y social bajo la cual vive. Sin embargo, su desprendida apetencia por poder político lo encamina por rutas apartadas del civismo y la moralidad. Es ahí donde califican aquellos politiqueros que no miden las consecuencias de sus actos. Sólo por el afán de encajar en posiciones de poder.

Es ahí donde es posible comparar la desesperación que despierta el poder, con la actitud de la hiena. Y tanto como existen ciudades infectadas de animales indóciles por su condición salvaje, asimismo existen realidades contaminadas por politiqueros insaciables de poder. Hombres manchados por un poder corrupto que corrompe. Comportamiento éste que ha asemejado el politiquero con la hiena. Caso inspirado en el problema que caracterizó la condición de carroñera, cruel y depredadora suscitada a consecuencia de lo que causó que aparecieran las manchas de la hiena

https://www.analitica.com/opinion/las-manchas-de-la-hiena/