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Los signos del desgaste de los pilares de la Madre Tierra serán visibles, sus cortezas caerán. Las mazorcas de maíz no maduraran y se podrirán. Las aguas infectadas sembrarán la muerte. Los hombres sabios invocarán a la Diosa Madre para que despierte la gran boa y devore las viejas tierras para destruir el mal y revitalizar la tierra con sus cenizas…

Ante esto los sabios se preguntarán:

¿Nacerá una nueva Era?, ¿será ésta la última?, ¿brotarán nuevas ceibas? y ¿qué manos las sembrarán?

Profecía de Coaxonehuatl. Despojo de Serpiente.

Ese sería el último cantar de Coaxonehuatl. Sus discípulos se acercaron a su debilitado cuerpo, intuían las historias que escondía su memoria en los surcos que el tiempo había arado en su rostro. Era uno de los últimos  sabios, junto a él moriría el saber que había heredado. ¿Cuántas ocultas verdades se llevaría  consigo? – se preguntaban Tizoc y sus acompañantes.

Coaxonehuatl no se resistía a su destino. Estaba en el umbral de la muerte, percibía las voces de sus discípulos como lejanos ecos. Con la llegada de la briza matutina empezó a sentir que la vida otra vez corría por su cuerpo, y recuperó algo de la energía que creía que lo había abandonado. Alzó una de sus manos, y con voz firme exigía a Tizoc:

– Ayúdame a llegar a la Madre Ceiba. Debo agradecer el don que significó haber vivido. Antes de morir deseo rescatar los retazos donde he existido cobijado por la eternidad.

Tomándolo entre sus brazos lo cargó hasta la Gran Ceiba. Al sentirse en ese ombligo, levantó su rostro y observó al frondoso árbol mientras enterraba sus manos en la tierra, y empezó a conversar consigo mismo, mientras Tizoc lo oía con atención:

Nací un día de mal augurio, en uno de los cincos días nefastos. Esperaron mis padres cuatro días para presentarme a los dioses, vulgar treta de los adivinos para evadir la muerte. Durante cada uno de esos malignos días no dejaron de pellizcarme, trataban de impedir que mi alma escapara y fuera raptada por las Cihuateteo. En esos días nefastos, el tiempo se detenía. El silencio y la muerte gobernaban y horribles, monstruos poblaban las callejuelas de la ciudad, todos temían toparse con el alma de las mujeres muertas al parir y sus  hijos. Volvían a la búsqueda de almas tiernas para aligerar su soledad.

El día de imposición de mi nombre lo creía olvidado, pero empece a recordar aquel jícaro labrado con águilas y culebras, lleno de agua virgen con que me bañaría Xochicoatl. Entre sus brazos me sostenía, y dirigiéndose al Sol invocaba a Ometecuhtli y Omecihuatl deidades de la dualidad, habitantes del treceavo cielo:

Dioses de la dualidad,
enviaste a este mundo triste y calamitosos el este niño.
Al menos tú, Diosa del Faldellín de Estrellas,
da algunas virtudes a esta criatura
para que pueda sobrellevar la carga del vivir.
¡Copal y devotos cantos arderán para tí de su corazón!

Vió y sintió otra vez el suave roce de las manos de Xochicoatl, al terminar el canto tomó agua para refrescar su reseca garganta, lavó nuevamente mi cuerpo, con sus manos hacia movimientos circulares sobre mi piel, exorcizaban los espíritus devoradores que nacían de los vientos del inframundo. Al terminar, sonrió al verme tan frágil y volvió nuevamente a repetir un canto:

Vuelve a tus progenitores,
vuelve a ellos,
no llevas mancha de ningún mal.

Al cerrar sus labios mis padres me tomaron entre sus brazos, mientras la matrona comenzó a invocar a las deidades del cielo, la tierra, el viento, el fuego y el agua, para que derramaran sobre mi sus virtudes. Al invocar al hambriento Sol-Tonatiuh su voz se hizo cavernosa, parecía surgir de las entrañas de la tierra. Los presentes petrificados ante tal cambio cincelaron con signos indelebles esas palabras en su corazón.

¡Sol, has de esta criatura un forzado guerrero!
Para que goce de los placeres de tu corte,
y al morir en colibrí se transforme su alma,
beberá el néctar de las flores
Antes de volver a ti.

Al terminar de pronunciar estas palabras surgió repentinamente del Este una serpiente cubierta de plumas verde, entre sus garras tomó del brazo de la extática matrona las armas rituales con las que me consagrarían al Dios de la guerra, el aguerrido Huitizilopochtli, colibri izquiero hijo de Coatlicue, faldellin de serpientes. Por largo tiempo ocultaron aquel extraño suceso.

Llegué a conocerlo y recordarlo, cuando siendo un respetado tlamatini, oi la confesión de Ixcoatl por haber tenido varías amantes. Los ancianos del consejo del pueblo comenzaban a escandalizarse por los rumores de su libertina vida y para evitar un cruel castigo imploró la protección de la Tlazoltéotl, Diosa de las Inmundicias y de Tezcatlipoca, Dios del Espejo Humeante, don que solo podría pedir una vez en la vida. Pocos se confesaban por esto de jóvenes, solo lo hacían cuando eran capturados cometiendo actos sacrílegos como el adulterio o la embriaguez. Para evitar la muerte por apedreamiento clamaban la protección de los dioses a través de la confesión ante uno de los señores del consejo. Al confesar, les era entregado a los trasgresores una tableta de arcilla cincelada como evidencia del perdón a sus acciones, y señalaba las penitencias a que debían someterse. Aquel tío en su juventud había sido un poderoso guerrero, famoso por sus victoriosas capturas de enemigos y de sus lances amorosos.

Pero nunca se le logró probar nada, hasta que se vio envuelto en un problema de tierras, cuando sus hijos  fueron al consejo a pedir los terrenos destinados a su sustento. Este reclamo puso en evidencia su desordenada vida. Sólo le quedaron dos opciones, venderse como esclavo y tratar de arreglar los entuertos que le darían por su compra o confesar. Decidió hacer lo último, confesar y las penitencias nunca cumplió.

De esa manera conocí la causa por la que decidieron consagrarme al Calmécac (centro educativo azteaca) y a su deidad protectora Quetzalcóatl, Serpiente Emplumada. Los símbolos de mi pertenencia a él, eran un pequeño báculo turquesa y un collar rodeado de caracoles marinos que aún llevo colgados en el cuello desde el día que el dios emplumado los puso entre sus garras. Su repentina aparición impresionó tanto a la matrona que olvido el nombre que debía imponerme y para sorprea de todos exclamo:

– ¡Coaxonehuatl, despojo de serpiente te llamarás!. Ese nombre escondía los enigmas de mi existencia: Quetzalcóatl robó mi alma al Telpochcalli el centto educativo para guerreros, regido por Tezcatlipocano quiso llevarme a su reino, y me dejó abandonado en este mundo como un despojo para que cumpliera con el destino.

https://www.analitica.com/opinion/la-busqueda-despojo-de-serpiente-coaxonehuatl/