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Que los tests masivos son eficaces a la hora de contrarrestar el avance del coronavirus minimizando la necesidad de confinamientos indiscriminados es algo que sospechábamos desde el comienzo de la pandemia. Si pudiéramos practicar test periódicos a muy amplios sectores de la población, poco a poco iríamos arrinconando el virus hasta llegar idealmente a su erradicación.

El problema de implementar esta estrategia en un inicio era doble. Por un lado, no había capacidad diagnóstica para efectuar tantísimos test PCR (dejando de lado su muy considerable coste). Por otro, el retraso en obtener el resultado de los test PCR puede llevar a que el confinamiento selectivo de los potenciales contagiados, y especialmente entre sus contactos, no resulte eficaz: los contactos de un potencial contagiado tienden a hacer una vida relativamente normal hasta que se confirma el contagio (no digamos ya los contactos de los contactos).

La llegada de los test de antígenos cambió notablemente el panorama, dado que sí podían efectuarse pruebas diagnósticas en grandes cantidades y de manera rápida (menos de 30 minutos): de ese modo, por tanto, deveníamos capaces de testar a grandes masas de población para aislar selectivamente a aquellos que sí estuvieran contagiados (y, si se cuenta con un buen y amplio equipo de rastreadores, también a sus contactos). Sin embargo, los test de antígenos tenían un problema: su precisión no es tan buena como la de los PCR. En particular, su sensibilidad (porcentaje de auténticos positivos) y su especificidad (el porcentaje de auténticos negativos) son relativamente bajas, de modo que corren el riesgo de dejar sueltos a muchos falsos negativos y de confinar a falsos positivos (que ulteriormente creen tener inmunidad y se despreocupan de protegerse y de proteger a otros).

Esta limitación de los test de antígenos ha constreñido su despliegue masificado, pues países como Alemania exigían que todos los positivos fueran ulteriormente confirmados con un PCR, lo que terminaba saturando su capacidad diagnóstica. Sin embargo, existen estrategias que pueden diseñarse a través de un uso inteligente de los test de antígenos que permiten minimizar el número de falsos positivos y de falsos negativos, facilitando así su implementación a gran escala. El Center for Economic Policy de Esade presentaba esta semana algunas de estas estrategias posibles: en particular, lo que han denominado test focalizado y test doble.

El test focalizado consiste en practicar una primera ronda de test a toda la población; acto seguido, realizar dos test a aquel pequeño porcentaje que haya dado positivo en el primer test (para descartar falsos positivos), y, por último, practicar un tercer test a los muy pocos que, en la segunda ronda, hayan obtenido resultados contradictorios en el doble test anterior (positivo y negativo).

Por esta vía, los falsos positivos se reducen enormemente (más del 90% de todos los positivos detectados son auténticos positivos) y los falsos negativos se mantienen en niveles aceptablemente bajos (menos del 30% de los infectados no serían detectados): es decir, que quien sea clasificado como positivo es altamente probable que esté infectado y menos de uno de cada tres contagiados escaparía al diagnóstico. Adicionalmente, para desincentivar conductas irresponsables entre los potenciales falsos negativos, debería recalificarse todo resultado negativo como ‘no concluyente’, esto es, no certificar la ausencia del virus, sino la incapacidad del test para detectarlo.

Sucede que en zonas donde la prevalencia del virus sea muy elevada y, por tanto, urja detectar el mayor número de contagiados para frenar en seco su propagación, los test focalizados no son suficientemente eficaces, por dejar ‘escapar’ a casi uno de cada tres contagiados. En tal caso, podría recurrirse a la otra estrategia, la de los test dobles, que si bien es mucho más costosa que los test focalizados, permite minimizar la tasa de falsos negativos. La estrategia de test doble consiste en efectuar, de entrada, un doble test a toda la población: cuando ambos test den positivo, se clasifica a la persona como infectada y cuando los test den un resultado incoherente (positivo-negativo) se practicaría un tercer test que serviría para ‘desempatar’.

Con esta estrategia (que duplicaría el número de test necesarios), se seguiría manteniendo el porcentaje de falsos positivos en unos niveles relativamente bajos, en torno al 85% (aunque se incrementaría con respecto a la estrategia de test focalizados), y, sobre todo, se reduciría muy significativamente la proporción de falsos negativos (apenas al 10%, esto es, solo uno de cada 10 contagiados no sería detectado).

En definitiva, si estamos ante el inicio de una tercera ola (o, más bien, ante el reinicio de una segunda ola mal contenida) que, además, puede verse agravada por la mucho más contagiosa cepa descubierta en Reino Unido, deberíamos prepararnos seriamente para contrarrestarla. Que en apariencia el inicio de la vacunación esté a la vuelta de la esquina no debería hacernos olvidar que el patógeno sigue ahí y que continúa siendo tan letal como siempre. Si no utilizamos con inteligencia estos mecanismos de detección precoz y generalizada, nos veremos abocados a nuevas duras medidas de distanciamiento social —acaso, un nuevo confinamiento general—, las cuales no solo dañarían adicionalmente una economía ya muy debilitada, sino que supondrían una innecesaria restricción de nuestras libertades personales, habida cuenta de que ahora sí disponemos de herramientas menos gravosas contra las mismas.


Est artículo fue originalmente publicado en El Confidencial (España) el 21 de diciembre de 2020.

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