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Debo confesar que he perdido la noción del valor de las cosas, no sé a ciencia cierta si un litro de leche de larga duración, con el precio marcado, es caro o barato. No lo sé. Cuando voy a realizar las compras, procuro acercarme a los anaqueles para verificar el precio, trato de buscar esas comas y luego los céntimos, pero eso no existe. En Venezuela hace varios años desaparecieron las monedas, y con ello el término se evaporó, ‘quedó en desuso’, así se dice en lingüística.

Algunas veces paso tiempo buscando esa expresión de los céntimos. Ya eso no se refleja en los productos. Me parece tan extraño, tan triste haber perdido esa noción del valor de los productos, de los alimentos de primera necesidad. Aquellos productos adquiridos en 0,25 (cero veinticinco céntimos de bolívares). Ese ‘medio’ que tanto nos rendía, fuente de disputas en el colegio. Ni decir de la emblemáticamoneda de doce céntimos y medio (la locha), así llamada y deseada.

Porque no es tanto perder el uso de las monedas, es quizás lo más trascendente, quedarnos huérfanos de su pronunciación, de su expresión en números o letras. También que ya es tan extraño no cargarlas en nuestros bolsillos, sonarlas mientras conversamos, sacarlas para cancelar un caramelo. Esto que indico se traduce en lenguaje, palabras ya olvidadas, términos que han caído en el olvido, arcaísmos en el tiempo. Un tiempo que nos encierra en su único momento: el eterno presente del aquí y el ahora. Porque en el territorio que habito no existe futuro y el pasado, oficialmente, está siendo alterado, mutilado y sesgado por el poder.

Este es un tiempo sin movimiento, como casi siempre le indico a mi esposa cuando me pregunta qué día es hoy. –Domingo, le respondo. Todos los días en Venezuela son domingos, no precisamente de descanso. Es que todos los días se repiten y cuesta salir a realizar alguna actividad.

Los tiempos verbales tienen, obvio, movimiento. Pero existe una sociedad, la venezolana, donde se ha logrado entrar en el ‘no movimiento verbal’, eso que los pensadores del lenguaje, los llamados formalistas rusos, allá por inicios del siglo pasado, llamaron ‘verboides’, una serie de formas verbales sin mayor movimiento, como el gerundio, por ejemplo.

En Venezuela vivimos ‘pelando’ todo el tiempo. Es decir; su tiempo y acción son continuos, no tienen fin. Y este verbo no se crea que es para ejercer la acción de quitarle la piel a las frutas, como cualquier hablante del español pueda creer. En la Venezuela del siglo XXI, cuando usted indica que ‘está pelando’ queda sobreentendido de inmediato, que está en situación socioeconómica precaria, delicada.

Pero es que además de estar pelando, la inmensa cantidad de venezolanos andamos, también, ‘ladrando’. No queda de otra, porque ni agua potable tenemos para mitigar la sed. Y esto no es cuento ni un chiste cruel, ni tampoco sarcasmo, ni humor negro. Es la pura y cruel realidad.

Apenas estas dos palabras nos dicen hasta qué punto nuestras vidas, y nuestro lenguaje, se han erosionado, degradado y paralizado en la incertidumbre de un mínimo movimiento y, por lo tanto, uso de términos que, sin darnos cuenta, nos señalan un tiempo sin destino, sin futuro y con el constante acecho de un pasado mutilado.

Hace varios años le decía a uno de mis vecinos, Luis, que de seguir encareciéndose la vida llegaría un momento donde nada costaría decena de bolívares (diez bolívares), ni cien, ni mil, ni cien mil, sino de millones en adelante. Bueno, en no más de ocho años llegamos a ese tiempo.

Tengo varios años sin usar dinero en efectivo. Como lo indiqué, hace cerca de diez-doce años dejó de existir el dinero en monedas. Hace un par de años los billetes de esos llamados ‘bolívares soberanos’ entraron, en la práctica, en desuso. De hecho, en la actualidad, además de escasos, sólo funcionan los de cincuenta mil (50.000,00) y eso, para una propina por estacionar en sitio público.

Un apreciado amigo, que ahora vive fuera del territorio, de manera genial ha calificado esto que vivimos, diciendo que ‘Venezuela es un llanto en gerundio’ y ahora esa expresión me parece tan certera, tan dolorosamente verdad. Porque uno anda por algún centro de venta de alimentos y evita verse las caras, -quizás el uso de esos bozales ayude-, porque sabe, intuye que el Otro tiene, como uno, los ojos enrojecidos, la piel envejecida, los labios secos, las manos encallecidas, y entonces prefiere hacerse el desprevenido, el ajeno, el solitario.

Es tan difícil, y a la vez tan fácil decirlo, pero tal vez nos queda todavía un poco de coraje, de valentía para continuar –sin saber por qué- mientras modelamos en nuestra lengua esa necesaria y humana palabra tan solidaria, que da tantapaz y sosiego: piedad.

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