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El historiador Steve Davies nos recuerda el poema de W.B. Yeats, escrito en plena pandemia de 1918 y en que aparecen estas líneas:

“Todo se deshace; el centro no puede sostenerse; mera anarquía es desatada sobre el mundo, la oscurecida marea de sangre es desatada, y en todas partes la ceremonia de la inocencia es ahogada; los mejores carecen de toda convicción, mientras los peores están llenos de apasionada intensidad”.

Las pandemias trastornan la vida y hacen regir la incertidumbre. Cuando la gente siente que sus propias vidas están en peligro y que las autoridades son incompetentes a la hora de lidiar con la peste, cuando siente otras inseguridades enormes –ya sean económicas o del orden público– pierden confianza en el mismo orden social.

Esos sentimientos son entendibles, pero crean un momento peligroso. Es así porque, bajo estas circunstancias, el cuestionamiento de todo lo que vino antes suele alentar posturas extremas, intolerancia y el deseo de tirar no solo lo malo sino también lo bueno por la ventana. La desconfianza afecta incluso a quienes no comparten una visión apocalíptica o cínica, pero que empiezan a dudar de las instituciones y políticas que sí han generado progreso.

Un ejemplo tiene que ver con la apertura de mercado y la globalización que han traído avances inéditos de bienestar humano. No obstante, muchos países se han vuelto más proteccionistas y antinmigratorios en años recientes, y algunos interpretaron la pandemia como una consecuencia negativa adicional de la apertura.

Pero si hay algo que podemos afirmar es que las nuevas vacunas contra el COVID-19 representan uno de los triunfos de la globalización. En enero en este espacio escribí cómo está tomando cada vez menos tiempo desarrollar vacunas. Demoró miles de años en descubrir un tratamiento para la viruela, pero menos de un año para crear vacunas contra la pandemia actual.

Tal progreso es inédito y es producto de la globalización. Scott Lincicome documenta que el talento, la inversión, la investigación y desarrollo, y la producción y distribución de estas vacunas ha dependido altamente de la integración internacional. Por ejemplo, los líderes de las tres empresas que han producido las vacunas han sido migrantes (de Turquía, Grecia y Líbano) a Estados Unidos y Alemania, democracias de mercado donde podían explotar sus talentos.

Por ser una multinacional enorme, Pfizer pudo invertir miles de millones en financiar el producto mientras que Moderna pudo levantar miles de millones para lo mismo en el mercado de capitales. Y pese a que la logística de la distribución es un reto complejo, las empresas han podido depender de las redes y la tecnología que el comercio internacional ha desarrollado durante muchos años.

El coronavirus ha sido una tragedia a nivel mundial. Ha costado cerca de 2 millones de vidas, caídas económicas y la recaída de más de 80 millones de personas en la pobreza. Aun así, ha sido tan impresionante el progreso humano durante esta era de la globalización, que Johan Norberg calcula que solo los años 2017, 2018 y 2019 han sido mejores que el 2020 en términos de ingreso per cápitapobreza extrema y mortalidad infantil.

En el 2020 aprendimos que los costos de perder libertades básicas y estar más aislados se miden en términos económicos, sanitarios y de estabilidad política, entre otras cosas. Aprendimos qué tan fácil es perder perspectiva y ojalá, qué tan importante sigue siendo la economía de mercado como parte esencial de la libertad y el progreso humano.

Aprovecho el espacio que me queda en esta, mi última columna para El Comercio, para agradecer al periódico por haberme permitido compartir mis opiniones durante casi siete años que, créanlo o no, han sido los mejores en la historia del Perú.


Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 29 de diciembre de 2020.

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