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Caracas 1933 | Esquina Las Monjas. Foto cortesía

 

En Agosto de 1933, cuando nací, Venezuela producía 350.000 barriles diarios de petróleo. En Agosto 2020, cuando cumplí 87 años, Venezuela producía 350.000 barriles diarios de petróleo, el mismo volumen. No es que la industria petrolera se haya mantenido estancada, no. Venezuela llegó a producir 3.700.000 barriles diarios en 1970, pero ahora produce diez veces menos, gracias a los corruptos e ineptos chavistas y maduristas del siglo XXI.

Los niveles de producción son numéricamente idénticos, pero cualitativamente muy diferentes. En 1933 esta producción era un escalón más en la escalera ascendente de la actividad petrolera en Venezuela. En 2020 esta producción representa un escalón inferior en lo que ha sido un desastroso colapso de la industria petrolera venezolana. Cuando nací el país iba hacia arriba. Ahora, al final de mi vida, el país está en caída libre.

Esta debacle se ha llevado a cabo a pesar de los esfuerzos de gente competente y honesta que mantuvo por años una industria petrolera generadora de óptimos ingresos para el país. Esa gente llevó el caballo al río, pero no lo pudo obligar a tomar agua.

Las naciones progresan o colapsan en períodos relativamente cortos. En un similar ciclo vital de unos 90 años Japón pasó de ser un estado feudal en manos del shogunato a ser un estado moderno, gracias a la restauración de la dinastía Meiji. El Japón que vio el almirante Perry en 1854 y el Japón que vio Mc Arthur 90 años después eran dos países distintos, como lo es la Venezuela que nos vio nacer y la Venezuela que nos verá morir. Una nación venía hacia la modernidad, la otra camina presurosa, de regreso a la barbarie.

 Lamentablemente me ha tocado ver como un país que apuntaba hacia el desarrollo, que parecía tenerlo todo para ser una nación próspera y una sociedad feliz, se ha ido al diablo por culpa de la mediocridad de su liderazgo. A título personal dedicamos bastante tiempo y esfuerzo a servir a las empresas del estado, a fin de mantenerlas rentables y libres de corrupción. En tres de ellas, PDVSA, CVG y en el Puerto de Puerto Cabello, logré llegar a altos niveles gerenciales. En las tres conocí a gente valiosa y honorable pero su número e influencia no fueron suficientes para contrarrestar el tsunami de codicia, de corrupción, de pequeñez y mediocridad, la horrible marabunta de roba gallinas y tírame algo de la administración pública y del pseudo empresariado que ha arruinado al país.

La tragedia parece haber hecho su nido en el alma de la nación. No en vano dijo Andrés Eloy que Venezuela estaba:

“más poblada en la gloria que en la tierra,
la que algo tiene y nadie sabe dónde,
si en la leche, en la sangre o la placenta,
que el hijo vil se le eterniza adentro
y el hijo grande se le muere afuera.

El moriría en México, lejos de su patria.

En 2020 se apagan una a una las luces de las ciudades y de los pueblos venezolanos y deja de fluir el agua en el último de sus hogares. El venezolano camina porque no hay gasolina, el país muere de mengua mientras los venezolanos se aferran a la espera del pernil de tres kilos que les da el analfabeto a cambio de sus restos de dignidad. En las encuestas el líder más popular es Hugo Chávez, hoy momificado, precisamente quien puso al país en el camino a la ruina y entregó el decoro nacional en manos de la Cuba castrista. País de masoquistas.

Feliz año 1933. En la plaza Pérez Bonalde, en Catia, cerca de la casita donde nací, un loco se paraba a hablar todos los días sin que nadie le hiciera mucho caso. Repetía una y otra vez: “Quienes estén naciendo hoy deberán estar preparados para sufrir una gran decepción”.

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