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Algunos venezolanos caen frecuentemente en la tentación de enjuiciar todo desde la óptica de nuestra desgracia actual.

Esa actitud es comprensible, pero errática. No puede juzgarse lo que sucede en el planeta con los mismos patrones de lo que acontece en Venezuela. Primero, porque no somos el ombligo del mundo, ni lo que aquí pasa tiene influencia determinante en lo que ocurre en otros países. Segundo, porque lo que sucede fuera de nuestras fronteras no es similar a lo que aquí acontece.

Lo que ahora padecemos en Venezuela lo sufren muy pocos pueblos en el mundo y ninguno en nuestro continente. Por eso entiendo y comprendo esa constante actitud de algunos compatriotas para comparar nuestro calvario cuando en otras partes surgen dificultades. La verdad es que hay mucho de advertencia en esos casos, como si se quisiera evitar que la tragedia también los alcance como a nosotros.

Pero cuando se extreman las opiniones surgen entonces comentarios absurdos, como ahora sucede frente a las recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos. Criterios tan estrafalarios como los de calificar a Trump o a Biden de “chavistas”, según el bando que apoyen, son muestra de ello. Porque, en verdad, no pueden serlo de ninguna manera. La etiqueta de “chavista” no es universal, sino local.

En el caso del actual presidente de Estados Unidos hay quienes, de manera simplista, señalan que su talante autoritario y mandón lo asemeja al fallecido caudillo venezolano. Esa comparación tampoco es exacta: que se sepa, Trump no destruido las instituciones democráticas de su país, ni encarcelado a sus adversarios políticos, ni desconocido al Congreso, ni cerrado medios de comunicación, ni expropiado empresas, ni arruinado el aparato productivo nacional.

No faltan tampoco los que le dicen algo parecido a Biden. Comienzan por calificarlo de “socialista”, y hasta algunos exagerados lo han llamado “comunista” para emparentarlo también con Chávez. Al contrario, por lo que he leído, mas bien forma parte del sector moderado del Partido Demócrata y durante su larga carrera como senador y su posterior actuación como vicepresidente no dio demostraciones de ser izquierdista, por llamarlo de alguna forma.

Todo esto significa que no podemos etiquetar a los líderes norteamericanos con la nomenclatura local. Y menos se puede pretender que la influencia del fallecido presidente venezolano sea de tal magnitud como para pretender rotular con su apellido a personajes mundiales como Trump o Biden. No hay que olvidar Estados Unidos es un país con instituciones sólidas.

Dentro de esta misma actitud no faltan tampoco quienes han llegado al extremo calificar como “chavistas” a movimientos afines al islam. Tampoco se puede pretender llamar como tal al peronismo argentino, una corriente populista nacida a mediados de los años cuarenta del siglo pasado, o al separatismo vasco en España.

Cosa muy distinta es que el chavismo haya pretendido construir un liderazgo mundial a base de miles de millones de nuestros petrodólares, regalados a unos cuantos “vivianes” latinoamericanos, europeos, africanos y asiáticos. Lo criminal de esta conducta es que, en paralelo, el régimen nos empobrecía a la mayoría de los venezolanos. Mientras tanto, con nuestro dinero en otros países se financiaban partidos políticos, movimientos subversivos, campañas electorales y candidaturas presidenciales, aparte de una migaja de 300 millones de dólares ofrecidos -no se sabe si luego entregados- a las FARC, según reveló la laptop del comandante Raúl Reyes, rescatada por soldados colombianos cuando fue bombardeado en 2008, junto con sus guerrilleros, en la parte fronteriza de Ecuador.

Ahora bien, la mayoría de aquellos que llegaron al poder en sus países con los petrodólares que les regaló el régimen venezolano no cometieron, sin embargo, el crimen de devastar sus economías, como si lo hicieron aquí sus financistas. Esos gobiernos continuaron con la economía de mercado, atrajeron la inversión privada nacional e internacional, no realizaron expropiaciones en masa del aparato productivo en manos de particulares, etc.

Así, en Brasil, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Uruguay, El Salvador o Argentina, a pesar del lenguaje izquierdista y socialista utilizado de la boca para afuera, esos gobiernos no se atrevieron a arruinar su economía, ni siquiera a establecer un capitalismo de Estado. Está visto que no incurrieron en la locura de destruir sus economías, como si lo han hecho aquí los “genios” económicos del chavomadurismo.

Por todas estas razones, parece claro que esa influencia fue momentánea, con el sólo propósito de recibir las generosas donaciones hechas a esos aliados internacionales del chavismo. Y eso explica porqué el influjo que entonces pudo tener el régimen venezolano en esos países no reprodujo un modelo económico como el de aquí. Porque el modelo político chavista de dominio de las instituciones, junto a la reelección indefinida y el fraude electoral sistémico, ese sí fue copiado con cierto éxito. Sin embargo y a pesar de todo, al final, no pudieron impedir los cambios de gobiernos que en casi todos esos países se dieron en las elecciones presidenciales realizadas posteriormente.

De modo que el “Socialismo del Siglo XXI” no tendrá ya a nivel internacional la influencia que el régimen venezolano pretendió en su momento. Y menos ahora que los petrodólares venezolanos escasean y los que aún se producen van a las abultadas cuentas bancarias de sus jerarcas y capitostes.

Lo que está planteado ahora para los venezolanos es concentrarnos en sustituir al actual régimen. Solo nosotros podremos salir de esto, con nuestra decisión, fuerza y coraje. Estaremos agradecidos con quienes desde afuera nos apoyan. Pero esta lucha es nuestra.

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