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Algo particular de las últimas elecciones en EE.UU. es cómo casi no se habló de las políticas públicas, y mucho acerca de la política identitaria. Esta busca dividir al mundo entre distintos grupos: los negros contra los blancos, los ricos contra los pobres, las mujeres contra los hombres, etc. Los justicieros de un lado y los que merecen ser ajusticiados del otro, tratándose realmente de una visión colectivista de la sociedad que anula las particularidades de cada persona.

La política identitaria en nuestro país se manifiesta principalmente en la variante del indigenismo y la de la vieja lucha de clases. La primera mostró su naturaleza brutal en octubre de 2019, cuando varios líderes de movimientos indígenas tomaron control de la Asamblea y campos petroleros, causaron daños a propiedades en Quito y Cuenca, amenazaron con secuestros y más violencia a trabajadores (muchos de ellos indígenas) en la zona del Cotopaxi, todo esto mientras insistían que eran pacíficos.

Algo similar sucedió posteriormente en torno a otras variantes de la cultura identitaria en lugares tan distintos como Chile y EE.UU.

¿De dónde viene esto? Gregg Lukianoff y Jonathan Haidt en su libro The Coddling of the American Mind (algo así como el “engreimiento de la mente americana”) sostienen que esto se deriva de generaciones que han sido marinadas en ideas que los han hecho hiper-sensibles. Los autores sugieren como antídoto: (1) Lo que no te mata te fortalece; (2) vigila tus sentimientos, pueden ser una muy mala guía para interpretar la realidad; (3) todos tenemos capacidad para el bien y para el mal y nuestra identidad (de género, política, racial, etc.) no determina nuestra decisión muy personal e individual de hacer el bien o mal en cada situación.

Lo que dicen Lukianoff y Haidt es similar a lo explicado por Jordan Peterson en su libro 12 reglas para vivir: Un antídoto al caos. Allí él advierte en contra de la victimización que se promueve desde diversos movimientos identitarios, los considera totalitarios en su esencia puesto que le quitan agencia al individuo sobre el destino de su vida.

El economista Thomas Sowell ha señalado por décadas que el relato de victimización de los afro-estadounidenses sirve para librarlos de responsabilidad por decisiones muy personales que son parte de una cultura de pobreza, que no es ajena, por cierto, a esa clase de blancos de ingresos bajos que describe J.D. Vance en su conmovedor relato Hillbilly, una elegía rural. Sucede igual con aquellos relatos que victimizan a las mujeres y las minorías, casi ninguna de las cuales puede decir que tiene hoy menos oportunidades, aceptación y capacidad de realizar sus vidas que antes.

Por supuesto que hay muchos problemas en nuestras sociedades, pero no todos se pueden ni deberían tratar de resolver desde la acción estatal, como lo proponen muchos políticos adeptos a la política identitaria.

Quienes hoy nos venden un relato de los buenos contra los malos, sin importar su variante, eliminan la diversidad y complejidad de cada ser humano. Irónicamente, lo hacen en nombre de la tolerancia y la diversidad, pero buscan una sociedad uniforme donde factores fuera de nuestro control determinen nuestro destino. Nos quitan la responsabilidad individual y nos envenenan unos en contra de otros.


Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 20 de noviembre de 2020.

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