mayo 23 2020, 5:49 am

Una característica esencial de la Revolución Bolivariana es su dinámica como proceso continuo y deliberado de destrucción. Venezuela ha sufrido ya más de veinte años de un régimen político que ha sido infatigable en su propósito de demoler sistemáticamente todos los órdenes de la vida nacional. La destrucción continuará su ritmo indetenible y devastador mientras el régimen siga en el poder.

Ante esta desoladora realidad, pareciera ingenuo, y quizás hasta insensato, dedicar tiempo a reflexionar sobre la reconstrucción. En este artículo, sin embargo, proponemos algunas reflexiones que apuntan hacia una dirección contraria: la reconstrucción no es consecuencia sino condición para la salida del régimen. Se trata, como se indica en el título, de una reconstrucción “post-totalitaria”. Por tanto, el reto es reconstruir sobre una destrucción que va mucho más allá de la devastación material e institucional del país. El verdadero núcleo de la destrucción es de orden espiritual pues lo que en definitiva el totalitarismo corroe es aquella visión compartida de lo bueno y lo justo que nos constituye como nación. Sólo una nación re-unida en el bien y la justicia puede superar el mal que siembra un régimen totalitario. 

Quizá una de las mayores dificultades para confrontar el horror de la Revolución Bolivariana ha sido la renuencia a reconocer en toda su magnitud la naturaleza del mal que encarna. La vocación destructora de este régimen totalitario no se agota en la demolición del orden material e institucional de un país. Su destrucción es todavía mucho más profunda pues su verdadero objetivo es destruir la libertad en el alma de la nación. Son diversas las tácticas que este régimen totalitario emplea para alcanzar esta perversa finalidad. Por una parte, extiende su dominio sobre la sociedad de tal forma que prácticamente obliga a las personas a doblegarse por su necesidad de sobrevivir o continuar “normalmente” la vida. Una segunda forma de destruir la libertad, sin embargo, es todavía más terrible. La más perversa tarea destructiva del régimen es el aniquilamiento de la moral, que es el contenido esencial de la libertad.  El régimen busca embotar y obnubilar el sentido moral en la conciencia de las personas para así remover todo obstáculo potencial a su proyecto de dominación total. En su expresión más extrema, el terror en la experiencia totalitaria no apunta principalmente a los actos atroces que estos movimientos utilizan para mantener y expandir su dominación, sino a su férrea determinación de utilizar el poder político para transfigurar la conciencia humana y así degradar espiritualmente a un pueblo. Progresivamente, se crea un clima generalizado de apatía en el que las acciones más grotescas de injusticia y arbitrariedad sólo suscitan una muy tibia reacción. Gradualmente, la nación se va acostumbrando a contemplar los asuntos comunes de la sociedad desde la perspectiva amoral del régimen: todo empieza a ser palabra violenta y hostil, desconfianza mutua, degradación del semejante, expresiones de rencor y odio, obscenidad, manipulación de la verdad, y negación de la humanidad del adversario. 

Entendida en toda su magnitud el alcance de la destrucción totalitaria, es necesario reconsiderar la secuencia según la cual no es posible emprender la labor de reconstrucción sin antes salir del régimen. Incluso si cayera el régimen, el espíritu totalitario permanecería vivo entre nosotros si no recobramos el sentido del bien y la justicia, imprescindibles para el verdadero ejercicio de la libertad humana. Todo esfuerzo de reconstrucción material e institucional no podría durar ni surtir efecto sin una nación reunida en convicciones morales comunes. Pero, ¿cómo recuperar aquellos valores comunes que constituyen el alma de la nación venezolana? Encontramos en las palabras del lenguaje cotidiano de los venezolanos la intuición sobre el camino a seguir. No hablamos de construir sino de reconstruir, no de encontrarnos sino de re-encontrarnos, no de comenzar sino de retomar. Dicho de otra manera, utilizamos palabras que evocan la necesidad del recuerdo de un bien perdido. De alguna forma, reflejamos con esas palabras que el reto de esta generación no es construir de la nada sino retomar un rumbo a partir de unos fundamentos que habremos de redescubrir

Como resultado de la falsa y perversa propaganda de la Revolución Bolivariana en contra del llamado ‘puntofijismo’, muchos venezolanos rechazan cualquier referencia a la experiencia democrática que por cuatro décadas vivió Venezuela hasta 1999. Sin embargo, al analizar nuestra situación presente desde una perspectiva histórica, comprobamos que la arbitrariedad, el afán de destrucción y el uso del odio para dividir al país, como rasgos básicos del régimen, se insertan en una larga tradición de dictaduras y gobiernos autocráticos. Es doloroso pero necesario reconocer que la Revolución Bolivariana no es un accidente en la historia del país, sino un proceso con profundas raíces en nuestro desarrollo como nación. Esta misma perspectiva histórica debe además ayudarnos a reconocer que el hecho verdaderamente único en nuestro devenir como pueblo ha sido la experiencia democrática que comenzó en Venezuela en el año de 1958 y que se prolongó por un período de cuatro décadas. En efecto, vale la pena tener presente las palabras del Papa Emérito Benedicto XVI cuando advertía que “apartarse de las grandes fuerzas morales de la propia historia es el suicidio de una nación.” La reconstrucción supone entonces re-encontrarnos con los principios y valores en torno a los cuales se unió la nación durante la república civil. La unidad nacional que animaba al llamado “espíritu del 23 de enero” exigía el compromiso de todas las fuerzas políticas a ver más allá de sus respectivas posiciones para converger en el conjunto de principios —verdades—que debían servir como fundamento común e incontrovertido de la democracia venezolana. “Una auténtica democracia”, insistía el Papa Juan Pablo II, “no es sólo el resultado de un respeto formal a las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos: la dignidad de toda persona, el respeto de los derechos del hombre, y la asunción del bien común como fin y criterio regulador de la vida política.” 

Reconocer el alcance y los efectos de la destrucción nihilista de la Revolución Bolivariana en el espíritu de los venezolanos es el verdadero primer paso de la reconstrucción. Se trata de una reconstrucción post-totalitaria, no porque haya de emprenderse después de la caída del régimen, sino porque la reconstrucción sólo podrá comenzar cuando exista el propósito de desterrar la semilla totalitaria que el régimen ha sembrado en el alma de la nación. La verdadera reconstrucción, por tanto, no es consecuencia sino condición para llevar a su fin a este terrible período en la historia del país. 

Francisco Plaza

Profesor de Filosofía Política

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Nota al lector interesado: El argumento de este artículo se desarrolla de manera mucho más extensa y detallada en el ensayo publicado bajo el mismo título en la revista Democratización del Grupo Forma, disponible en https://redformaweb.com/articulos-sexta-edicion-2/

https://www.lapatilla.com/2020/05/23/francisco-plaza-la-reconstruccion-post-totalitaria/