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Dice la extrema izquierda que España no es una democracia porque su régimen es descendiente del de Franco. El separatismo catalán añade que no puede ser democrático un régimen que no deja que Cataluña se independice del resto. A la ETA le parece poco democrático que los asesinos que mataron por la patria vasca sigan en la cárcel. A todos ellos les inquieta igualmente que el jefe del Estado no sea elegido democráticamente. Tampoco gusta que los jueces lo sean por oposición y no sean elegidos democráticamente por las Cortes, sede de la soberanía nacional.

También se queja la izquierda de la falta de igualdad en España. Que haya ricos y pobres denota una intolerable desigualdad. Que no se permita a quienes no tienen casa ocupar las que estén deshabitadas es un atentado a la deseable igualdad. Los separatistas catalanes protestan constantemente a causa de los privilegios de los que goza Madrid, que hace impunemente dumping fiscal, recibe inversiones extranjeras, sus equipos de fútbol se ven favorecidos por los árbitros y es un nudo de comunicaciones como no hay otro. Todo lo cual genera una insoportable desigualdad en beneficio de Madrid. La ETA se lamenta igualmente de que no estén en la cárcel, como lo están los etarras asesinos, los policías que los persiguieron con ahínco cuando mataban. Es un caso más de desigualdad inaceptable.

Sin embargo, están equivocados. España es una auténtica y genuina democracia donde no hay mayor valor que la igualdad entre todos sus ciudadanos. Es un descubrimiento que, entre tantas cosas que se le pueden reprochar, hay que agradecer a la pandemia. La gestión de la misma ha sido igual de incompetente en todos sitios, como debe de ser en una verdadera democracia digna de tal nombre. Todos los españoles, sin excepción por razón de credo, sexo o territorio, hemos padecido el mismo grado de estulticia en la administración de la epidemia sin que nadie se haya visto privilegiado por algún acierto de algún político. Todos han sido de un modo muy democrático igual de torpes e incapaces. Es verdad que en algún momento concreto pareció que alguno podía no ser tan inepto como los otros, pero al final, llegada la hora de la verdad y tener que afrontar la desde hace tiempo previsible necesidad de vacunarnos, todos han sido extraordinariamente inútiles en grado encomiablemente similar.

Las vacunas esperan en todos sitios a ser empleadas y la parsimonia y dejadez con las que se están distribuyendo son las mismas en cualquier parte. La solidaridad que los políticos demuestran los unos con los otros en la impericia es un ejemplo de igualdad. No hay democracia avanzada en el mundo que pueda mostrar una identidad tan ajustada en la nulidad de sus políticos. Aquí no hay excepciones ni diferencias, como tiene que ser en un Estado social y democrático de derecho. Todos sus políticos son absolutamente incompetentes. Y todos saben hacer lo mismo, muy poco, pero que es siempre igual, confinarnos y encerrarnos. Es verdad que unos obligan a cerrar a las seis y otro a las ocho, pero no son más que diferencias de matiz. Si uno observa con atención, es siempre igual. ¿Puede una sociedad ser más democrática e igualitaria que la nuestra? Por mucho que se busque, nadie hallará ninguna que lo sea más.


Este artículo se publicó originalmente en Libertad Digital el 6 de enero de 2021

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