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Al final, el señor Trump, terminó refrendando el proyecto de ley contentivo del “paquete de ayuda” de US $ 900 mil millones o millardos  aprobado por el Congreso de EE UU.

Además de cuestionar las razones de fondo para su dilación, sus consabidos adversarios lo han atacado, inmisericordes, por la forma de manejar el impasse.  Entre otros motivos, por haberse ido a jugar al golf, tranquilote, en los greens de Mar-a-Lago, después de armar un hervidero con varias declaraciones incendiarias. Lo que ha exacerbado a sus antagonistas, aún más, porque dos sábados atrás, en específico, mientras sus fans se congregaban, en las calles de Washington, el señor  Presidente, hizo más o menos lo mismo: Sobrevoló la concentración, exacerbó, desde su helicóptero a sus conmilitones y se marchó a jugar golf. 

Inmediatamente después de aterrizar, mientras se alistaba, igual de tranquilote, en Mar-a-Lago-, para su primer drive de aquella tarde, en la capital de EE. UU estallaron grescas tumultuarias, con el consiguiente saldo de heridos y arrestados. Vale decir, mientras sus  seguidores más recalcitrantes se juegan el pellejo, el buen señor, lo pasa gordo, dedicado a su hobby favorito. 

En materia de ejercer liderazgo, cada cual hace de su camisa un sayo. Ocurrió en la batalla del “Puente de Arcole,  enfrentamiento  entre el ejército francés y la coalición de fuerzas, austríacas, húngaras y croatas, del 15 al 17 de noviembre de 1796, Arcole, provincia de Verona, nordeste de la península itálica. Los generales, Augereau, Lannes, Masséna y Bellard, no habían logrado el objetivo trazado en los planes de Napoleón Bonaparte, de cruzar el referido puente. Entre la tropa comandada por el corso, había cundido el desgano, por no decir el miedo, aparte que los quintacolumnistas circularon las supersticiones más extravagantes para atemorizarlos ¿Qué hizo Bonaparte,? Se apersonó, en el campamento de batalla para agarrar el toro por los cuernos. Urgía, en aquel momento incendiar de entusiasmo y valor a la tropa, por lo que el guerrero inmortal, de improviso y para la estupefacción de los presentes, enarboló un pabellón de Francia y se lanzó, a cruzar el puente en escaramuza suicida.. La arremetida de Napoleón fue rechazada por las fuerzas enemigas. Pero su acción, insufló en sus soldados el arrojo que necesitaban. Acto seguido, Bonaparte, se sacude el polvo del revolcón, diseña un ardid militar, contraataca y sale triunfante de aquella gesta.  

El tres de abril de 1819, nuestro general, José Antonio Páez, cruza, temerario, el río Arauca, al frente de sus 150 jinetes, para a la postre aniquilar 1.500 fusileros al mando del muy prestigioso general realista, Pablo Morillo. La disparidad numérica de las tropas, varía según cada narrador de la proeza. ¿Delegaron Napoleon y “El Catire” Páez, en alguno de sus oficiales las audaces epopeyas de “Puente de Arcole” y de  “Las Queseras del Medio” que en el caso del venezolano lo convirtió, en el Aquiles de la emacipacipción de América? De no haber hecho las cosas, en persona, hoy, no los estaríamos celebrando.

Los lectores, nos dispensarán relatar a continuación otro episodio. No es de hombría sino de indignidad. Los contrastes, suelen arrojar más luz sobre los hechos históricos. Nos referimos al carrerón de la Avenida Bolívar, Caracas, teatro de operaciones del supuesto dron magnicida en el que, el protagonista de tal gesta ¨heróica” evacuó -evacuó, literalmente- la tarima de un acto proselitista dejando a su esposa a merced de quienes, querían matarlo, supuestamente. Creo haberlo relatado en anteriores crónicas: “¿Devolverme, yo, para salvarla? ¡Qué “Vuelvan Caras”, ni qué “Vuelvan Caras”! Esa vieja ¡que se  j…!” -vociferó el miserable cuando alguien le advirtió que había abandonado, a la fémina, a la mala del Diablo.

Bienaventurados aquellos países que pueblan sus plazas públicas con esculturas de héroes civiles y no de generalotes victoriosos. Maurice Duverger, anotaba que, todo movimiento social o persona, que apunte a la toma -o retención- del Poder, adquieren la calidad, respectivamente, de partido político o de actor político. Trump, no es un militar, sino un político -por más que reniegue del adjetivo- y se pretenda, nada más que, empresario. No tenemos porqué compararlo con militares, como Bonaparte o Paéz, pero tampoco con quien no es, ningún político sino vulgar narcodelincuente.

¿Por qué se larga, el míster Trump a jugar golf en lugar de hacerle frente de manera personal a ciertos impasses?  

Quizás, en las horas más álgidas, se ausenta en Mar-a-Lago, para hacerse rogar. Todos sabemos que se ufana de ser artífice del arte de negociar y que, entre su arsenal, utiliza el arma de posar de “difícil”. Falló. No pudo.  No le fue posible, esta vez, jugar al golf y conseguirle a cada contribuyente de EE. UU. dos mil dólares per cápita, en beneficios, en lugar de los melancólicos, seiscientos, que prometía  el citado “paquete” legislativo. No es fácil asar dos conejos a la vez.  

O, quizás, las finalidades últimas de sus fugas a Mar-a-Lago sean,  la meditación, la relajación y la respiración ashtanga. El golf, habría adquirido en tal hipótesis,  jerarquía de “yoga de los estadounidenses¨, como “la siesta, es el yoga de los españoles.”

 Los antiguos griegos tenían el suyo en Delfos. En el caso que comentamos, el golf ascendería a la categoría de Oráculo de EE UU.  Ese es  el tercer escenario.  El deporte, de los bastones, los hoyos, las pelotillas blancas, de las verdes praderas, en tal caso, les profetizaría el futuro a sus cultores, cual, Dios Golf. Todo a través de mensajes crípticos, que es el idioma que utilizan los dioses tutelares desde Apolo hasta la fecha.

 A saber: si el señor Trump, registró en alguno de sus partidos de fin de semana, el magnífico score de 75 golpes bajo par, que descartamos dado el estado ruinoso de su handicap- el Oráculo le habría pronosticado que el próximo 20 de enero no habrá transmisión de mando, sino que permanecerá en el Poder sine díe (Diego Arria me ha corregido, dice que el score 75 bajo par no existe, en el golf, pero, este cronista sabe y le consta que, Diego, en su vida,  lo único que ha jugado es “beisbol con pelota ‘e goma”). 

Si, el sedicente jefe de Estado-deportista, requirió más de 75, pero menos de 100 golpes, el Oráculo golfístico habrá hablado, inapelable: Mister Trump, tendrá que entregarle la silla Presidencial al señor Biden ¡Y sin chistar!

Si para completar su rendez-vous atlético, el presidente-golfista ha menester de 100 golpes en adelante, malo, malo. Equivaldría, a que los señores Pelosi, su principal detractora y McConnell, su aliado más leal,  ya tienen todo armado, para “comérselo mejor”, a la vuelta de  pocas semanas. Los oráculos son de precisión micrométrica y la cochina política, también. 

¡Comparaciones que hemos hecho, para despedir este 2020! 

@omarestacio

 

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