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Por Luis Barragán

Una propuesta editorial pendiente, nos llevó a coincidir en Plaza Venezuela, pues, Olivar debía acercarse a la antigua y, única sobreviviente del lugar, Librería Ludens para un título urgido, pero ella abrió después de las once de la mañana.  Luego de conversar sobre algunos de los  rigores académicos de una publicación que saldrá a principios del próximo año, él emprendió camino, apremiado por otras diligencias,  y el suscrito se quedó  para saciar su curiosidad.

Tardó en abrir el local, aunque tuvimos ocasión de apreciar la desolación de un complejo comercial que fue referente de la ciudad;  por fin, habilitado, entramos y comenzamos a avistar  la larga estantería y los mesones que conservan su añeja posición: un ejemplar intacto de “La feria de las vanidades” de Wolfe, bajo el sello de Anagrama, daba idea cierta del afán de conservación de una extraordinaria y variada colección. Ésta,  asomaba sus lomos intactos y limpios, respirando un ambiente ajeno a la devastación del meteorito que cayó sobre el XXI, prehistorizándolo todo en Venezuela. Y el señor sentado frente a la caja, preguntó “¿Es primera vez que viene a la librería?”.

Hicimos una muy rápida crónica de las antiguas visitas, aunque sólo uno que otro título lográbamos alcanzar, por sus elevados costos, aunque precisamos que las revistas Claves de Razón Práctica  y El Viejo Topo las comprábamos con cierta religiosidad; y, apuntando con el dedo de la mala educación, señalamos exactamente al rincón donde estaban expuestas. Cual lave maestra, fue  suficiente para una larga y amena conversación que no pudimos alargar más allá de la excelente  y pausada taza de café que la jovencita que lo relevó en la caja , gentilmente ofreció.

Un librero de prodigiosa memora, Marichal cifró en dieciocho las librerías que marcaron la distancia entre la Phelps y Chacaíto y, como muchos todavía se orientan por La Candelaria,  gracias al nombre de los restaurantes que la distinguieron, llenó de nostálgicos detalles el grato itinerario. Por cierto, ruta extendida hasta las memorables vidrieras y locales del Centro Simón Bolívar de bóvedas abiertas, puede decirse, porque exponían la firma auténticamente autógrafa de los autores que la frecuentaban para las antes habituales y espontáneas tertulias que convertían a toda librería en tal.

Dios quiera, se mantenga esta empresa de bibliotecúmenos en pie, porque – convencional o no – el mercado editorial reaparecerá luego de superar este trágico régimen. Será también una segura trinchera frente a cualesquiera tentativa de retroceder a la sociedad de ágrafos en la que está empeñada la usurpación.

https://www.caraotadigital.net/nacionales/de-la-nostalgia-librera