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El año 2020 se va escurriendo en sus últimas horas. Ha sido un año complejo y difícil para la gran mayoría de las personas. A mi parecer su saldo no es del todo malo. Sin embargo, voy a extrañar a artistas como Pau Donés de “Jarabe de palo”: “Que el blanco sea blanco, que el negro sea negro, que uno y uno sean dos y que exactos son los números…Depende”. A Pau se lo llevó el cáncer y no el covid. También voy a extrañar a Luis Eduardo Aute “quítate vestido, quítate el desnudo y muéstrame al animal”. 

¿Y lo bueno?

Sin ánimo de escribir cursiladas, te puedo decir que mucha gente se vio obligada a tomar decisiones y a asumir su realidad. Venezuela por ejemplo, vivía en un espejismo de operación comando de liberación nacional. Una ilusión que le endilgaba a terceros ajenos, a extranjeros la responsabilidad de recuperar la democracia venezolana. Tenían en Donald Trump una especie de titán, un ser revestido de un sentido de la democracia superlativo. Sin embargo, con los berrinches de niñito mimado y falto de tres buenos correazos, lo que ha quedado de aquel superhéroe  no es más que su verdadera cara, un hombre que no tiene ningún respeto por la democracia, y mucho menos por sus connacionales. Y siendo esto así, qué podíamos esperar los demás habitantes del planeta. 

¿A fortalecer los acuerdos internacionales  para garantizar el suministro de bienes públicos globales?

Efectivamente. El nuevo gobierno de USA debe reorientar su política internacional para fortalecer aquellas iniciativas que propendan a proteger y garantizar el suministro de bienes públicos globales. A decir, en sus tres categorías generales: los naturales, los de producción humana y los de objetivos políticos globales. De los esfuerzos que realicemos ahora, dependerán los resultados de la agenda 2030, por ejemplo. Los nacionalismos y las banderas de soberanía no están por encima de la preservación del planeta o del bienestar de la humanidad como especie.

¿Y la democracia en Venezuela?

Siempre será responsabilidad de los venezolanos. Aquí no debemos esperar que vengan a resolver nuestros problemas domésticos “internacionalizados” desde afuera. El gobierno de Maduro es extremadamente corrupto; ya eso se escapó de las manos. El rescate del rol militar de las fuerzas armadas y su sometimiento a la constitución es una necesidad imperiosa. La dignificación de la gran mayoría del pueblo venezolano a través de la inversión masiva en servicios públicos y la estabilización monetaria a través de inversiones del sector privado, son un clamor. La necesidad de financiamiento por parte del estado para reactivar el aparato económico y la armonización de las políticas macroeconómicas del país, son imperativas. Democracia con hambre no dura. Y lo más importante es “democratizar la política”. En Venezuela cada día es más complicado participar en política. Las élites del PSUV son omnímodas y autosuficientes. Si no logra el país generar oportunidades políticas para la gente, eso se traslada al campo económico de manera lineal, generando mayores niveles de desigualdad. 

 ¿Eso no es “gamelote”?

Para nada. El asumir nuestra propia responsabilidad en la construcción de nuestra realidad es el paso indispensable para lograr cambiar nuestra suerte. Se ha dado la gran oportunidad  de lograr este primer paso. Todavía hay mucho trabajo por delante. El “leopoldismo” tendrá que participar en las elecciones que vienen, y así se volverá a construir la vía electoral, de la cual más nunca tendríamos que salirnos. Que Maduro compite de manera desigual – Sí –  que hay que convencer a la gente del poder del voto – Sí –  que aquí están los cubanos y los rusos y pare usted de contar – Sí –  que el voto no elige – incorrecto –  el voto es el arma más poderosa que tenemos contra los enemigos de la democracia. Pero no se logra en una batalla electoral. Son una seguidilla de batallas electorales las que abrirán el paso a Miraflores. 

¡FELIZ AÑO 2021!


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