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Claudio Bifano: La universidad por venir

Que las universidades cuyo funcionamiento depende de los aportes que les otorga el estado están en condiciones sumamente precarias es un tema que frecuentemente aparece en los medios de opinión. No cabe duda que son  advertencias  animadas de buenas intenciones  que nacen de una genuina preocupación por el futuro de la educación superior en nuestro país.  Profesores  aconsejan lo que nuestras universidades deberían hacer para ponerse a la par de otras en otras partes del  mundo y otros advierten a la comunidad universitaria del peligro de perder la institución si no se trabaja para ella y llaman a rescatarla. También se afirma que es necesario elegir nuevas autoridades universitarias o se rechaza a la peregrina idea del gobierno de eliminar o no priorizar carreras en áreas que, según quienes tienen la responsabilidad de orientar la educación superior, no son  necesarias para el país. No escapa en esos artículos  la mención de los absurdos salarios que devenga el personal universitario, la emigración de profesores ni la violencia a que han estado sometidas las universidades a lo largo de más de veinte años,  en el vano intento de  vencer su oposición al régimen 

En cada caso se llega a la misma conclusión, nuestras universidades están destruidas, el gobierno ha logrado arruinar el sistema universitario que tanto trabajo costó constituir,  utilizando la violencia y la reducción de sus comunidades a un insospechable nivel de pobreza muy difícil de comprender y justificar. A pesar de que aún haya algunos profesores empeñados en seguir dando todo lo que puedan para mantener vivo por lo menos un asomo de buena docencia y de investigación, hay que reconocer que nuestras universidades, especialmente las autónomas, han perdido la calidad académica que mostraron en  otros tiempos. 

Para analizar un poco más a fondo el presente y el futuro de nuestras universidades,  hagamos una concisa declaración de lo obvio. Parafraseando a mi amigo Ignacio Avalos, el señor Perogrullo recuerda que la comunidad universitaria está formada por todas las personas relacionadas con su funcionamiento, pero que la calidad académica es solamente el reflejo de la formación y productividad de su profesorado y de la capacidad de sus alumnos. Aparte de la contribución que aporta el sector administrativo para el buen funcionamiento de la institución, el nivel académico de la institución es responsabilidad exclusiva de la comunidad académica,  profesores y  estudiantes. 

Así que  cuando se dice que la universidad debe hacer esto o aquello y debe ser rescatado el nivel académico que es el indicador más visible y seguramente  el que más preocupa a quienes escriben sobre el tema, la pregunta es ¿quiénes son los llamados a hacerlo? ¿Quién o quienes tienen la responsabilidad de poner en marcha los cambios que se plantean como necesarios para contar con una universidad competitiva? es decir rescatarla académicamente. La respuesta es simple, le corresponde a la comunidad académica.  El tema salarial y los recursos para el funcionamiento son harina de otro costal, que podrían ser subsanados  a través de fuentes adicionales al escuálido presupuesto que otorga el gobierno. Por las muchas razones que todos sabemos, es muy difícil pensar que este gobierno y quizás algún otro que pueda sucederlo, pueda destinar ingentes recursos para el rescate de nuestras destruidas universidades nacionales. Por lo tanto la estrategia debería ser otra.

En estos momentos es difícil llamar al profesorado a trabajar por la recuperación de sus casas de estudio, simplemente por el compromiso moral que tiene con ella y con los jóvenes que buscan un mejor nivel de vida a través del ejercicio de una profesión. En tiempos como éste de sálvese quien pueda, el único objetivo es procurarse de alguna manera el sustento diario.  Por lo tanto  tratar de salvar lo que queda de nuestra educación superior deberá ir más allá de un llamado al espíritu universitario o la invocación de un recuerdo de tiempos pasados. 

Habrá que pensar en un nuevo liderazgo universitario que no surja de componendas grupales o políticas como ha sido en el pasado, sino de la condición académica de quienes quieran ser líderes y la fuerza de su vínculo con la Institución. Un liderazgo comprometido con la realización de cambios profundos en la universidad, que evalúe el rendimiento del profesorado, para que los sueldos  de profesores y empleados estén justificados por  su rendimiento académico o administrativo. Que entienda que el funcionamiento de la universidad no puede seguir dependiendo solamente de los aportes del estado y que, por lo tanto,  deben buscar dentro y fuera del país recursos que hagan posible complementar el sueldo del personal docente y administrativo, el desarrollo de la investigación y los estudios de postgrado. Que crea firmemente que la función de la universidad no es solo otorgar títulos sino generar conocimiento y ponerlo al servicio de la sociedad. En fin, que esté dispuesto a subsanar muchos vicios que se han anidado en el  actividad de la universidad a lo largo de más de cuarenta años.   

Por la razón del actual sálvese quien pueda que vive la comunidad académica, la pregunta que surge es ¿cómo se materializa este planteamiento? 

No es una tarea simple. En las instituciones académicas los liderazgos no surgen de manera espontánea como algunas veces ocurre en el campo político. Surgen solo de un proceso de preparación y de implantación de valores propios de la institución. Para el cumplimiento de esta tarea ese nuevo liderazgo  debería  convocar a todos los recursos que la universidad tiene a su disposición, profesores activos, jubilados y estudiantes representativos de diversas carreras, para organizar un movimiento que  llame a toda su planta profesoral al rescate de la academia.  Si se tiene la voluntad de recuperar académicamente a la universidad, habría que comenzar a organizar actividades, como foros, discusiones abiertas o conferencias  que  muestren de manera descarnada  el estado actual de la universidad y que presenten propuestas sobre lo que debería ser la futura universidad. De ninguna manera esto hay que considerarlo como un ataque a nuestra universidad, sino como una honesta contribución  para reconocer fallas y debilidades y proponer las mejoras necesarias. En estas actividades debería estar involucrado  el profesorado activo y jubilado, que aún puede seguir manteniéndose,  a pesar del estipendio que recibe,  y profesores más jóvenes para que, a través del ejemplo, se vigorice su motivación por la carrera académica. Este sería solo el comienzo de una actividad que habría que mantener en el tiempo, que podría dar origen a otras iniciativas y  de la cual podrían surgir los nuevos líderes universitarios. 

Sabemos que no es un asunto fácil de llevar a cabo en condiciones de gran desmotivación e ingentes necesidades, pero la reconstrucción de una nueva universidad  que supere a la que en el pasado nos proporcionó muchas satisfacciones, exige sacrificios. 

No podemos esperar que las soluciones aparezcan de manera espontánea o por vía de algún proceso mágico que nos devuelva lo que hemos perdido. No basta con declaraciones, por mejor intencionadas que sean; comenzar con una reconstrucción académica de nuestra universidad significa esfuerzo, sacrificio, compromiso y esperanza en un futuro en el cual no se vuelvan a cometer los errores que tanto nos han costado.   

Claudio Bifano

Profesor Titular (J) de la UCV

Miembro de la Academia de Ciencias Físicas Matemáticas y Naturales

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