El penúltimo acto de repudio contra la activista Anyell Valdés y su familia, incluido sus tres hijos, y la aparición en televisión estatal de dos adolescentes de 16 años, acusados de vinculación a supuestos actos terroristas, confirma la esencia totalitaria del castrismo, que comienza a aislarse internacionalmente y dentro de Cuba porque su obsesión represora convierte en enemigo hasta el zumbido de una mosca.

Atacar una casa familiar habitada es inmoral y cobarde, una atrocidad sin justificación posible porque, si Valdés estuviera ocupando ilegalmente la vivienda, la vía para desalojarla es un proceso civil en los tribunales; pero la dictadura necesita amedrentar, extender la idea de quien disienta será castigado, como ha hecho con miembros del Movimiento San Isidro y el 27N, sin residencia oficial en La Habana, presionando y chantajeando a quienes les alquilaron apartamentos.

¿Qué culpa tienen los niños y mayores de las acciones de un familiar? Júzguese con garantías al supuesto infractor, pero no intente aterrorizar con burócratas a sueldo del Partido Comunista, saltando verjas como vulgares ladrones y guapos de poca monta en un barrio empobrecido de La Habana.

¿Qué hace una Intendente y un militante comunista, arropados por un grupito, agrediendo a una familia? Pagar la obediencia debida y contribuir al discurso de terror de una tiranía en fase terminal, incapaz de satisfacer las necesidades básicas de la población, cercada por el coronavirus y otras enfermedades contagiosas como dengue y sarna.

Raúl Castro Ruz, máximo dirigente del Partido Comunista, el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, el primer ministro Manuel Marrero Cruz y el titular de Interior, Lázaro Álvarez Casas, son los principales responsables de la represión contra los cubanos, de su empobrecimiento y desigualdad.

Los actos de repudio y el escarnio público de dos adolescentes de 16 años solo confirman que la obra de la revolución fracasó estrepitosamente con esa cosecha de “terroristas”, “coleros”, “delincuentes” “jineteros” y otros epítetos de la biblioteca totalitaria que pretende descalificar a quien discrepa.

El castrismo, junto con el chavismo, comunismo, estalinismo, maoísmo, la idea Juche, fascismo, nazismo, el caníbal Idi Amín Dada y los Jemeres rojos de Kampuchea forma parte del inventario del terror mundial, basado en un par de premisas comunes: Supuesta superioridad y pureza moral y aniquilación del adversario.

Hace 25 años, Raúl Castro Ruz ordenó derribar dos avionetas civiles de Hermanos al rescate, teniendo varias opciones para hacerlas aterrizar y juzgar a los supuestos invasores del espacio aéreo; la tiranía necesitaba darle una bofetada a Bill Clinton y no dudó en enlutar a cuatro familias cubanas, dando un manotazo trágico sobre el tablero bilateral, pero solo lo hizo una vez que el Comandante en Jefe tuvo la certeza de que la represalia sería proporcionada.

Poco después, Fidel Castro Ruz chivateó a la Red Avispa, ordenando que se entregara información clasificada al FBI, como muestra de que se portaba bien con la Casa Blanca, pero entonces ignoraba que la contrainteligencia norteamericana tenía perforada a la treintena de avispas, gracias a Edgerton Ivor Levy (Ariel) que, nada más llegar con su esposa a los cayos de La Florida, avisó a los servicios norteamericanos de su misión y sus contactos.

Un cuarto de siglo después, la casta verde oliva y enguayaberada lapida a jóvenes empobrecidos, artistas e intelectuales y defensores de los animales, todos ciudadanos indefensos y valientes, porque alzan sus voces frente al atropello consuetudinario que la tiranía perpetra contra la mayoría de los cubanos, incluidos los revolucionarios que -desde el 1 de enero- pagan alimentos, medicinas y servicios a precios de oro en un mercado cautivo.

Los totalitarios actos de repudio -físicos y televisados- no llenarán las tiendas dolarizadas ni farmacias, solo desprestigiarán aún más a sus cobardes promotores y ejecutores que -junto con el resto de la casta verde oliva y enguayaberada- son lo peor de Cuba porque traicionaron a un pueblo noble y emprendedor, que padece hambre física y de justicia.

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