En un país cuya memoria es endeble y sin compromisos. En un país cuya dinámica social se ha visto trastocada por una voluntad férrea de poder. En un país que demuele sin arrepentimientos estatuas y el recuerdo positivo de nuestros próceres civiles: termina siendo un país condenado al infortunio. Y si a esto le agregamos la pobreza que envilece, y una violencia social que nos hace involucionar al medioevo, junto a instituciones secuestradas donde campea la impunidad administrativa en el manejo pulcro de los recursos públicos, el cuadro, es cuando menos, de tierra arrasada.

Los temas de los historiadores siempre son contemporáneos y están puestos en el ojo del huracán del momento. Ante la decadencia de AD y COPEI en la década de los 90 del siglo pasado, las biografías “reivindicativas” de Juan Vicente Gómez no se hicieron esperar. Sin querer queriendo, muchos muy buenos historiadores, entre ellos Tomás Polanco Alcántara y hasta el mismísimo Manuel Caballero, enviaban un mensaje a una sociedad desprevenida y ávida de orden y paz. El “gendarme necesario” renacía en el subconsciente de una colectividad acostumbrada, desde los tiempos coloniales, a reclamar por un gobierno de fuerza.

Hoy, por el contrario, luego de los estragos ocurridos en éstas dos décadas perdidas y con el país calcinado, renace la necesidad de encontrar en nuestro pasado situaciones y hombres positivos para una democracia fundamentada en la decencia. Y es así que tenemos la obra de Manuel Caballero: Rómulo Betancourt, político de nación (2004). Caballero, estudia al dirigente adeco desde una posición de admiración y respeto. Es más, le considera el verdadero fundador de la democracia venezolana, ya que fue el primero en entender que la toma del poder es un hecho circunstancial donde los actores políticos, a través de los partidos organizados, se intercambian y comparten las responsabilidades de Estado.

Betancourt impone una visión moderna e inédita alrededor del poder, cuando la organización política que fundó, Acción Democrática, cede el poder pacíficamente a sus rivales. Con todo y las desviaciones ocurridas, el venezolano de a pie, se acostumbró a que los Presidentes, por muy poderosos que fuesen, tenían que abandonar el poder al fin de los respectivos mandatos. Y nada de atajos legalistas y atentados a la Constitución vigente para alterar las reglas de juego. A los militares, eternos confabuladores, se les puso en el redil a través de la profesionalización y el acatamiento a los poderes civiles.

La lucha contra la malversación de los fondos públicos, dejó de lado la retórica, siendo Betancourt fiel ejemplo de ello al rebajarle los sueldos a todos los funcionarios públicos, incluido él mismo, e imponer una política de austeridad, algo nunca visto en nuestra historia. Junto con Juan Pablo Pérez Alfonzo, contribuyó a la creación de la OPEP y se avanzó como nunca hacia una política petrolera más nacionalista, que hizo de Venezuela, con el transcurrir del tiempo, uno de los países más ricos del orbe.

Y más luego tenemos a Betancourt, asumiendo funciones de Estado bajo el acompañamiento de grandes hombres, auténticos estadistas, como Luis Beltrán Prieto Figueroa, Rafael Caldera, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Gustavo Machado, Jovito Villalba y tantos otros. Hoy día los venezolanos que seguimos apostando por una democracia inclusiva y prospera, tolerante del adversario político, y respetuosa de la legalidad, asomamos a Betancourt como un político de nación digno de recordar.

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