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“La salud de las democracias –cualquiera que sea su tipo y su grado- depende de un miserable detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario.

Si el régimen de los comicios es oportuno, si se ciñe a la realidad, todo va bien. Si no, aun cuando todo lo demás marchara lo mejor posible, todo irá mal. Roma, al comienzo del siglo I antes de Cristo, es poderosa, rica, no tiene enemigos. Y, sin embargo, está a punto de morir porque se obstina en conservar un régimen legal estúpido. Ahora bien, un régimen electoral es estúpido cuando es falso”.

(José Ortega y Gasset. LA REBELIÓN DE LAS MASAS. Ed La Guillotina 1930. pg. 233)

La pregunta con la que titulamos este artículo era impensable formularla hasta hace poco tiempo. El mero hecho de que hoy esté en el debate público nos lleva a admitir, con asombro, que al menos el peligro que ella expresa es real. Esa incredulidad se nutre del hecho de que lo que parecía una realidad social sólida, la imagen de permanencia que trasmitía la nación americana, de la noche a la mañana no es tal.

Empecemos por lo obvio. Lo primero que habría que definir es ¿a qué llamamos morir? Una respuesta, dentro del ámbito político, se explayaría en la posible desaparición del régimen político Constitucional-Pluralista, hoy amenazado, y que ha caracterizado a EEUU desde su nacimiento.

Pero la nuestra será más restringida: está referida al hecho posible de que desaparezca el rasgo consustancial de la democracia, aquél en el que los gobernados elijen a sus gobernantes, que ha caracterizado a la nación americana por más de dos siglos a lo largo de los cuales nunca hubo un intento de golpe militar. Esta respuesta lleva atada otra exigente pregunta: ¿y por qué puede morir? Aquí es donde acudimos a la sabiduría del gran pensador español: porque “el procedimiento electoral” va mal.

47% considera falso el resultado de la elección del 3 de noviembre

Para dar prueba de la anterior afirmación acudiremos a un instrumento moderno de medición de tendencias de opinión pública: las encuestas. Aunque casi todas fallaron en sus predicciones del 3 de noviembre, una de las pocas firmas cuya credibilidad sobrevivió fue la encuestadora Rasmussen. Sus sondeos han venido midiendo la reacción del electorado ante el resultado divulgado por el 97% de los medios estadounidenses que dieron ganador a Joe Biden en los comicios presidenciales. Citemos el texto del Rasmussen Report:

“El cuarenta y siete por ciento (47%) dice que es probable que los demócratas robaran votantes o destruyeran las boletas a favor de Trump en varios estados para asegurarse de que Joe Biden ganara. El cuarenta y nueve por ciento (49%) considera que eso es poco probable.”

(https://www.rasmussenreports.com/public_content/politics/elections/election_2020/most_say_mail_in_voting_worked_but_47_say_fraud_likely)

O sea, la opinión pública está dividida en una mitad que cuestiona la legitimidad del resultado y otra mitad que no lo considera así. Esto ocurre por primera vez en EEUU. Nunca antes la población estuvo polarizada al término de una elección presidencial. No sabemos la ruta de evolución de este fenómeno ni siquiera para los próximos días, cuando se elegirá el 5 de enero la representación del estado de Georgia al Senado de la república, y además, tendrá lugar una marcha nacional en Washington DC el 6 de enero, mismo día de la reunión decisiva del Congreso para certificar los votos electorales.

Finalmente, aunque ajenos a las profecías, sería ingenuo ignorar los truenos que anticipan la tormenta con los demócratas Schumer, Warnock, etc, tocando los tambores de la guerra y amenazando con demoler los fundamentos de EEUU para construir una “nueva sociedad” si ganan Georgia y obtienen la mayoría del Senado.

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