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Uno de los aspectos sociológicos más interesantes del fenómeno Donald Trump ha sido la forma en que las élites de izquierda y derecha se han relacionado con su figura.

Aunque usualmente Trump demostró no tener estatura presidencial con sus actitudes, la verdad es que su presidencia e incursión política cuenta con éxitos innegables.

Las reducciones de impuestos y regulaciones llevaron al país a una recuperación económica que había sido esquiva durante todo el gobierno de Obama y es evidente que, si no hubiera ocurrido la pandemia, Trump habría sido reelecto con facilidad.

Es cierto que no aplicó ajuste fiscal, pero eso viene siendo cierto en EE.UU. con todos los presidentes de las últimas décadas con la excepción parcial de Bill Clinton. Trump también dio señales importantes al dejar instituciones capturadas por la izquierda como la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, integrada por países como CubaRusia y China y el acuerdo de París, que según estudios serios no tiene ninguna posibilidad de hacer una diferencia real en el cambio climático.

Trump obligó además a potencias europeas a comenzar a cumplir sus compromisos financieros con la OTAN, terminando al menos en parte el subsidio indirecto de los contribuyentes norteamericanos a los estados benefactores de países como Alemania. Además, logró acuerdos de paz entre Israel y Emiratos ÁrabesSudán y Bahrein, normalizando las relaciones entre estos países por primera vez en más de dos décadas.

Adicionalmente, Trump llevó a Corea del Norte a apaciguar su programa de desarrollo de armamento y le puso fin al mal tratado del gobierno de Obama con Irán, en el que EE.UU. retiraba las sanciones permitiendo que miles de millones de dólares entraran al país islámico para financiar grupos terroristas y actividades subversivas. Pero Trump además fue una necesaria reacción a la dictadura de la corrección política impuesta por la extrema izquierda, que lo acusa de fascista aún cuando es ella la que abraza la identidad racial como criterio de superioridad moral y principio de organización política.

La elección de este año, no solo confirmó el rechazo de los norteamericanos a ese radicalismo propiamente fascista de la izquierda, sino que permitió a Trump aumentar su votación en cuatro millones de personas ampliando la base republicana e incorporando cifras récord de minorías. En otras palabras, Trump convirtió al partido republicano definitivamente en un multiétnico y multicultural.

Para las élites de los medios de comunicación, tanto en la derecha como en la izquierda, sin embargo, nada de todo lo anterior existió.

A Trump debe odiársele por principios, todo lo que hace está mal y cualquiera que diga algo positivo sobre él debe ser tratado como un hereje rompiendo un tabú sagrado. La trumpfobia, es decir, el odio irracional y casi religioso a Trump, se convirtió en la forma por excelencia de demostrar pureza moral entre las élites. Y es que, al exhibir públicamente su desprecio hacia él, estas pretenden declararse libres de todos los pecados mortales del mundo moderno supuestamente encarnados en Trump: sexismomachismoracismo, etcétera.

La mayoría de los norteamericanos, hay que insistir, no cree en la impostura de esas élites. Si lo hiciera, Trump no habría salido casi electo por segunda vez con más votos que antes y Biden no sería el primer presidente demócrata que no obtiene –por ahora– una mayoría en la cámara alta desde la década de 1960.

Los demócratas tampoco habrían perdido representantes en la cámara baja, ni habrían predicho un tsunami azul cuando apenas tenían fuerzas para levantar una leve brisa. A estos políticos, como a los medios y las encuestadoras que fracasaron colosalmente, la trumpfobia los cegó al punto de confundir su propia impostura con la identidad del ciudadano común y corriente que aún preserva algo de sentido común. Nada en todo este análisis significa, por cierto, que Trump sea el candidato ideal, ni siquiera que sea un gran presidente. De lo que se trata es de entender el fenómeno Trump. Pero para entender algo hay que verlo con imparcialidad y eso no se puede hacer cuando la exhibición de odio hacia un personaje se convierte en un vehículo para cultivar el estatus moral propio frente a los pares.


Este artículo fue publicado originalmente en El Liberal (España) el 17 de noviembre de 2020.

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