Cada vez que se encuentre del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. La mordacidad de esta frase retrata a Mark Twain (1835-1910), genio seducido por ideas que fueron revolucionarias en la Norteamérica de su tiempo: la abolición de la exclavitud, el apoyo a movimientos feministas y obreros. Políticamente incorrecto entonces, políticamente incorrecto después (al punto de que su obra ha sido ahora amenazada por la perversa Cultura de la cancelación), el autor de “Las aventuras de Huckleberry Finn” (1884) brilló también en una serie de relatos tan breves como punzantes. Es el caso de “El pobre novio de Aurelia”, donde narra las cuitas de una jovencita a punto de casarse con Williamson Breckinridge Caruthers, a quien vio y amó “con todo el ardor de que es capaz un corazón meridional, teniendo la suerte de ser correspondida”. El punto es que, una vez comprometidos, el galán empezó a ser víctima de numerosas cuchufletas de la fortuna: el contagio por viruela negra, la caída en un pozo, un disparo accidental, el mordisco de la rueda de una máquina cardadora, una erisipela, el ataque de los indios de Owen River… y así. Lo peor es que, tras superar cada nuevo incidente, Caruthers iba perdiendo no sólo atributos, sino partes de su cuerpo. Una situación que implicó postergar una y otra vez el casamiento, naturalmente.  

Pensando que día a día iba reduciéndose la esfera de sus afectos”, Aurelia ya no sabía qué hacer. Un marido que ha perdido dos brazos, dos piernas, la mitad del craneo y un ojo, no era precisamente una promesa de prosperidad. Así que, “con elocuencia capaz de conmover a una estatua”, escribe al narrador para pedir su consejo. La sentencia es terminante: no hay casualidad, sino apego por el daño. “Si su prometido cede aún a esa su tentación extraña de fracturarse algo cada vez que encuentra oportunidad favorable, su próxima experiencia le será seguramente fatal”.  

La historia del pobre novio de Aurelia, la de un hombre honrado y desgraciadísimo “que dedicó su vida a satisfacer incomprensibles instintos de destrucción”, nos remite a otras historias, mucho menos festivas, eso sí. El devenir local ha estado lleno de episodios en los que actores seducidos por el error de juicio e imbuidos de una autoconfianza inexplicable, se resbalan justo cuando la circunstancia asoma algunos asideros esperanzadores. El tiempo transcurre y las pérdidas van en aumento, de modo que el aterrizaje en el presente se produce cada vez en mayor desventaja que antes. El cuerpo otrora completo y lleno de bríos, reparece disminuido y apremiado por compromisos que igualmente lo obligan a mantenerse en pie.  

Digamos lo que ya es harto sabido: la reinauguración del diálogo en México encuentra a una oposición disminuida, rota, que ha ido perdiendo partes y fortalezas en el camino, pero que no puede menos que ser eficaz, precisamente por reconocer esa dramática desventaja. No es una novedad apuntar que la negociación peca por la evidente asimetría entre las partes. Por un lado, este sector que representa la Plataforma Unitaria, constreñido además por la merma en su autonomía. Por otro, un gobierno cuestionado, pero que sobrevivió a los embates de la estrategia de “máxima presión” y ahora se muestra vigorizado, resuelto incluso a torear las dificultades de alineación ideológica con el chavismo más dogmático a santo del brinco reformista que adopta en lo económico. La condición de desigualdad en las relaciones de fuerza (la percepción de “legitimidad” está hoy particularmente signada por el reconocimiento de quién detenta poder real) ha ido profundizándose a cuenta del impacto de políticas erráticas y atadas a pulsos foráneos. Un extravío cuyo costo, a juzgar por la guerra de narrativas en curso, todavía no se asume responsablemente. La resistencia a moderar posiciones intransigentes, ofertas falaces y lenguajes propios de tiempos de escalada, ilustran bien esa disociación.  

Con el realismo de quien no omite una dinámica desigual, cabría aconsejar -otra vez- mantener la expectativa bajo control, trabajar para ampliar los márgenes de negociación previendo que esa mengua de brazos, piernas, ojos, no se conjurará en lo inmediato. Sobre todo si consideramos que resolver el drama de millones depende del avance que registre el Acuerdo Social: un potente logro de carácter técnico, pero habilitado por el consenso político que exigirá su aplicación.  

Las presiones geopolíticas configuran un interesante contexto para este juego de doble nivel: la complejidad estriba acá en que “las jugadas que son racionales para un jugador en una mesa pueden resultar imprudentes para ese mismo jugador en la otra mesa”. Sin embargo, “existen poderosos incentivos para conseguir que los dos juegos sean coherentes entre sí. Incluso, los jugadores tolerarán algunas diferencias de retórica entre ambos juegos, pero finalmente se obtiene o no lo que se negocia” (Robert Putnam, 1996). La necesidad de conciliar las exigencias domésticas e internacionales -la paradoja se mantiene: el peso del incentivo foráneo, lejos de disminuir, condiciona y se funde con la posición de la PU- obliga a trabajar para que la fase de ratificación corone con resultados relevantes y visibles para la mayoría de los venezolanos.  

Quizás la flexibilidad para abordar, sin grimas moralistas ni urticarias anti-diálogo, la reconfiguración de las relaciones entre partes, nazca de la consciencia de la pérdida. Eso nos remite a advertencias como las de William Zartman (2000): los conflictos deben “madurar” hasta que se alcance cierta percepción de simetría entre contendientes, persuadidos, al final, de la conveniencia de un acuerdo negociado. El “momento maduro se centra en la percepción de un estancamiento de daño mutuo, asociado de manera óptima con una catástrofe inminente…” ¿Habrá mayor catástrofe que la posibilidad de perder “el último trozo viviente” que permita seguir en el juego? 

@Mibelis 

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