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Aquello que necesitas, lo encontrarás donde menos estás dispuesto a buscar

CG Jung

La seguridad es una ilusión. En un mundo donde todo está cambiando y nada permanece igual durante un período de tiempo razonable, no existe nada allá afuera parecido a una base sólida. Debemos aprender a surfear las olas del cambio y, para ello, debemos basarnos en una Profunda Certeza. ¿A qué Certeza me refiero? Has de reconocer que en el fondo realmente no te conoces a ti mismo y que necesitas fundamentalmente dos habilidades importantes para balancearte y avanzar en la vida: aprender a tratarte como si estuvieras cuidando a alguien que realmente te importa (Dr. Jordan B. Peterson); y segundo, saber en el fondo, que al final todo va a salir bien… y si no está bien, entonces no es el final.

¡Eso es humildad y fe!

La oscuridad es la puerta hacia la Luz

Todos sin excepción hemos mentido, hemos tergiversado algo para quedar bien, hemos traicionado a alguien que valorábamos, nos hemos apropiado de algo que no era nuestro, hemos faltado a alguien que nos ha tratado bien o hecho alguna mezquindad… si piensas que no lo has hecho, piensa un poco más. Estamos rotos, desde pequeños cuando nos agarraron con la mano en la lata de galletas, juramos que nosotros no habíamos agarrado la galleta.

Te cuento una visión que tuve hace unos cuantos años.

Tenía 25 años y estaba haciendo un retiro de una semana en la casa de huéspedes de un monasterio Trapense femenino. El monasterio estaba ubicado en las áridas colinas de Humocaro Alto, un pequeño pueblo en el estado Lara, en el centro de Venezuela, a unos 70 kilómetros de cualquier centro urbano. El silencio era interrumpido siete veces al día por las campanas, desde las 3:45 de la mañana hasta las 7:40 de la tarde, para avisar las horas de liturgia y oración en la iglesia.

Faltando un par de días para concluir mi estadía, le comenté a la monja que quería hacer ayuno, me dijo que no podía hacer un ayuno al 100%, que me dejarían media barra de pan con mermelada y mantequilla por la mañana y un caldo con verduras al medio día. Durante mi retiro decidí leer solo un libro, La Imitación de Cristo de Thomas à Kempis. Escribí, caminé y oré la mayor parte del día. Experimentaba un profundo estado de paz y reflexión. Oré a Dios para que me guiara en lo que debía hacer para poder ser uno con Él, que era mi oración habitual.

Al segundo día de ayuno, mientras esperaba la liturgia de la tarde, caminaba delante de la casa de huéspedes. En el suelo vi un enorme hormiguero, de unos 18 cm de altura, unos 40 cm de circunferencia y un agujero en la cima de la colina de unos 3 cm de diámetro. Era el hogar de bachacos, son hormigas marrones de poco menos de 1 cm de largo con cabeza y pinzas enormes. Había muchas docenas de bachacos sacando pequeñas piedras del interior de la colina y colocándolas en la base exterior. Todos trabajaban armoniosamente ampliando y construyendo su casa debajo de la superficie. Increíblemente había uno que estaba haciendo justo lo contrario; llevaba una piedra desde afuera, la arrastraba colina arriba y la dejaba caer en el agujero dentro de la colonia. Bajó de nuevo la colina y repitió el proceso. Entonces, el bachaco cargó una gran piedra para su tamaño, luchó por levantarla colina arriba; perdió su agarre y la roca rodó hacia abajo, simplemente era demasiado pesada; volvió a buscarla y nuevamente la jaló colina arriba para arrojarla dentro del agujero del bachaquero.

Yo estaba absorto con lo que estaba observando, estaba a un metro de distancia, no queriendo interferir con lo que estaba viendo. No podía creerlo, ¿Qué rallos está haciendo este bachaco? ¿Qué lo impulsaba a hacerlo?

De repente, experimenté una visión. Fue tan real como cuando estás en un sueño y crees que lo estás viviendo, pero tenía los ojos abiertos. La visión que tuve fue un enorme hoyo en el suelo, como la entrada a una enorme caverna en el suelo. El interior estaba oscuro; no veía nada más que la entrada de ese agujero. Entonces escuché una voz suave y amable que decía: “salta y confía en mí”. Sabía que era la voz de Jesús. Estaba aturdido. Entonces escuché la voz nuevamente. Fue una invitación, no una orden, fue un amable y un muy sutil ofrecimiento; experimentaba la voz a través de todo mi cuerpo. He sido impetuoso y atrevido toda mi vida, así que me lancé dentro del hueco con entusiasmo. Inmediatamente me encontré de pie frente a un espejo de cuerpo entero, en el reflejo tenía una máscara que cubría mi cara. Mi mano derecha alcanzó el lado izquierdo de mi cara y me quité la máscara. Debajo había otra máscara. No reconocí lo que representaba la máscara; no era mi cara. Entonces, con la mano izquierda alcancé al lado derecho de mi cara y me quité la máscara. Comencé a hacer esto una y otra vez. Parecía que no tenía fin; cada vez había otra máscara debajo… no reconocía ninguna de las máscaras que me arrancaba de la cara. Un terror comenzó a surgir desde mi pecho hacia mi garganta, aun hoy puedo recordar la sensación. Sacudí la cabeza tratando de despertar de aquella visión. Estaba hiperventilando, todo mi cuerpo temblaba, como cuando despiertas de una pesadilla aterradora.

Todos hemos creado máscaras

La palabra “persona” en latín es el nombre que se le da a la máscara que utiliza un actor en el teatro cuando representa un personaje. Nosotros somos personajes dentro de nuestra vida, nos fabricamos diferentes personalidades que nos son útiles para enfrentarnos socialmente; sin embargo, ellas son transparentes a nuestra consciencia. La educación, la cultura, nuestras familias nos ayudan a configurar dichas máscaras; pero soy yo quién decide qué incorporo y quién la elabora… y ninguna de ellas es quienes somos en verdad.

No tengo la menor duda de que todos somos capaces de actuar vilmente cuando nos escondemos detrás de máscaras, sean personales o institucionales. Sé con certeza que cuándo no tomamos responsabilidad de aquello reprensible que hemos hecho, hay un deterioro sustancial en nuestra personalidad; además no podemos realizar ninguna “buena acción”, ni develar quién vinimos a ser, ni siquiera podemos llegar a amar de verdad.

Quitarnos la máscara que creemos que somos es un paso indispensable para crecer y hacernos fuertes de verdad y descubrir una dimensión y abanico del Ser mucho más profunda.

Me permito contar una de las etapas más oscuras de mi pasado para ilustrar este punto.

Bullying y la escuela

Entre los actos que puedo recordar, más oscuros de mi vida, es intimidar a otros niños en el jardín infantil. Cuando tenía 5 años, acosaba a otros niños, rasgaba sus camisas, a las niñas les ponía chicharras debajo de las faldas para que las levantaran y ellas salían corriendo presas del pánico. Creo que otros niños tenían miedo de que se lo hiciera a ellos, así que se aliaban conmigo y mis maldades para evitarlo. Ya en kindergarten, formé una pandilla y me involucraba en peleas regularmente, era uno de esos niños que a ninguna madre le gustaría tener cerca de su hijo. Fue tan escandaloso mi comportamiento que, incluso entonces, me expulsaron por tres días del colegio y mi papá me azotó con dos cinturones de cuero.

Seguí con el acoso hasta el tercer grado de primaria, cuando dos cosas me detuvieron en seco. Primero, sucedió con uno de mis amigos cercanos que estaba conmigo desde el jardín de infantes, discutimos sobre algo y yo lo amenacé; cayó a mis pies rogándome que no lo golpeara, recordándome que él era mi amigo. Yo tuve miedo de en quién me estaba convirtiendo para generar esa respuesta en alguien que estimaba. Lo segundo fue una pelea que yo comencé y terminé vapuleado. A partir de entonces dejé de ser un bully hasta el sexto grado.

No recuerdo cómo empezó, pero en sexto grado había un estudiante que era introvertido y de voz suave, le interpretábamos como gay; para entonces eso era un estigma. Yo era parte de un grupo que le hizo cosas horribles: le bajábamos los pantalones, le agarrábamos el trasero en el pasillo o incluso durante la clase, nos reímos de él y lo imitamos de maneras realmente desagradables. En otra escuela a la que fui luego, había otros dos niños como él en clase, no recuerdo bien, pero tal vez yo empecé. Éramos varios estudiantes que hacíamos el acoso. Hicimos actos vergonzosos y psicológicamente agresivos.

Llevé esto a terapia cuando tenía 20 años, escribí en mis diarios sobre ello y pedí perdón varias veces. De adulto, me encontré con una de las víctimas de nuestro acoso. Yo tenía una tienda en un centro comercial, él entró en la tienda y, cuando me vio, me saludó. Fui amigable, hablé con él y le invité a venir a desayunar una mañana, “invito yo”, le dije. Él vino y lo invité a un abundante desayuno y pasé un tiempo charlando con él. Quería pedirle perdón, pero no podía mirarlo a los ojos y simplemente reconocer lo que le había hecho, así que al final lo invité a que viniera de nuevo. Un par de semanas después regresó y, tomando un café, finalmente le dije que realmente lamentaba lo que había hecho cuando estudiábamos. Él dijo que no lo recordaba. Sin embargo, me disculpé dos veces más y me despedí con un abrazo. Pude ver que le había hecho daño; nunca sonreía y tenía una lánguida personalidad. Estaba muy avergonzado de haber contribuido a eso.

Una aclaración sobre Bullying

Los niños y niñas que hacen bullying son personas que sufren; el dolor y sufrimiento que sienten adentro se desborda más allá de la capacidad que tienen de aguantarlo y por ello se escenifica afuera. El niño que está presionado en casa por las circunstancias que sean: se siente que no es aceptado, o es maltratado por un padre o sufre violencia de un hermano, o lo que fuera; al igual que un líquido vertido en un vaso, cuando lo llena, si no paras de servir, se rebosa… igual pasa con la violencia y el dolor que sienten. Mientras el vaso va camino de rebozar, su respuesta hacia afuera puede perfectamente ser retraído, aislado y desconectado de los grupos de amigos; pero si esa medida de “violencia” interna supera su capacidad de almacenarla, entonces desborda hacia afuera y muestra ese sufrimiento infringiendo ese dolor y humillación a otros para no ahogarse internamente. Al final está pidiendo ayuda, pidiendo un freno a lo que vive.

A lo largo de mi vida, para mí fue una oportunidad de autoconocimiento. Hay algo que me ha quedado claro luego de todas las veces que, queriendo o no, he maltratado, ofendido, humillado, vulnerado la confianza de alguien o me he comportado reprensiblemente… he podido tomar otro camino y no lo hice, pero todos somos capaces de ser monstruos capaces de hacer mucho daño y, lo más seguro, es que ni nos demos cuenta cuando lo hemos hecho. Lo hacemos porque estamos escondidos detrás de una máscara.

El dolor y la oscuridad son una puerta

He tenido la gran fortuna en mi vida de ser expuesto a conocimiento y sabiduría milenaria, a descubrir el conocer y el saber que nos precedió y la grandeza del pensamiento… pero nada me ha enseñado más que la oscuridad que me permití ver en mí mismo. Es como si mi interior fuera una tierra compacta, e impenetrable, un terreno donde quería sembrar la semilla de un árbol milenario. Pero para preparar la tierra, necesité ver, reconocer y asumir autoría de su dureza y adversidad para desgranar y preparar la tierra; para que las nuevas raíces pudieran profundizar en ella y nutrirse de ese Algo que no entiendo, pero me llama desde adentro a ser más que las máscaras que me he configurado.

Te invito a que te regales un tiempo para sentarte sin distracciones, tomes una hoja de papel y un lápiz y respondas a las siguientes preguntas: ¿Cuándo he traicionado la confianza de alguien? ¿Cuándo he generado dolor a otro, sabiéndolo? ¿Cuándo la maldad me usó como vehículo haciendo daño a otros o a mí mismo?

Una de las verdades que son fundacionales en el desarrollo de nuestra cultura y ha marcado firmemente la civilización es “conocerás la verdad y la verdad te hará libre” (Jn 8:32). No eres capaz de conocer la verdad directamente, necesitas ser expuesto a ella indirectamente; no existe nada que te acerque a ella como tus acciones. Asume autoría de ellas y encontrarás que cae una máscara, la que escondía al actor de esas acciones.

Allí comienza tu Profunda Certeza y sólo tú puedes descubrirla.

Próximo martes…

Todos estamos llamados a vivir una vida plena y repleta de aventura y profundo significado, pero son pocos los que aceptan la invitación… ¿Cómo puedo aceptarla?

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EL PUNTO a la i
El historial de la columna está en cdots.substack por si quieres revisar artículos anteriores.

https://www.analitica.com/opinion/aquello-que-necesitas-lo-encontraras-donde-menos-estas-dispuesto-a-buscar/

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