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Repetimos insistentemente que hemos hecho de todo para derrocar a la tiranía chavezmadurista. Quizás sea cierto, pero no totalmente. Intentaré no repetir lo que ya hemos transitado para hurgar, no tanto en lo que hicimos y seguramente debemos insistir en hacer sino, por el contrario, en lo que hemos dejado de hacer y nos negamos a ejecutar.

Veamos: AD y el PCV en plena pandemia totalitaria de los años 30 al 60 orientaron estratégicamente sus funciones partidistas a organizar a los ciudadanos de acuerdo a las actividades propias de cada uno de ellos en el amplio y extenso abanico social, estudiantes, trabajadores, campesinos, docentes y profesionales. Para transformarlos en ligas de campesinos en una Venezuela rural, centros de estudiantes en liceos y universidades, colegios de profesionales, condominios y asociaciones de vecinos en áreas urbanas, los movimientos magisteriales, sindicatos petroleros, etc. Se construyó así un músculo social en paralelo a sus respectivos partidos. Lo electoral era la quimera en tiempos de dictadura, lo sustancial consistía en empoderar a los ciudadanos, a la gente, al pueblo con instrumentos de lucha. Esa red se tejió en clandestinidad, se forjó en medio de represión, presión, muertos, torturados y destierros. Fueron muchos los que no llegaron a ver el alba de la libertad y la democracia. Algo en nada comparable, por cierto, a la magnitud de la tragedia contemporánea que nos ocupa.

Organizar el músculo social es una tarea pendiente y relegada. Más aún, se trata de una necesidad insistentemente negada, invisivilizada, menospreciada y desconocida por propios y extraños. Muchos todavía recordamos aquella célebre frase de Luis Miquilena “¿Sociedad Civil, cómo se come eso?”. Eran tiempos en los que Chavez, por instrucciones de los Castro, desmantelaba a la CTV, a las Asociaciones de Vecinos y cualquier otra amenaza al Estado Militarista en construcción. Por cierto, en eso, hay una similitud entre el comunismo y el fascismo: la concepción militar de la política y la hegemonía del poder desde los cuarteles y con las armas.
Lo curioso es que nadie se dió por enterado. Se menospreció la importancia que esas instancias tenían como escudo ante la amenaza totalitaria. Para los sectores económicos fue un alivio en función de sus intereses, para los partidos fue el desmantelamiento de una herramienta prescindible y para la “opinión pública” sólo representó la defenestración de purulentos focos de corrupción.

Lo cierto es que no hay democracia ni libertad sin ciudadanos organizados, conforme a sus necesidades e intereses. Estos son el contrapeso del poder a diferencia de los partidos y los gobernantes. Mientras los partidos son instrumentos con vocación de poder para generar los cambios; las organizaciones sociales son herramientas para cambiar la naturaleza del poder. Son diferentes y perfectamente complementarias. Ambos elementos cumplen su rol en sociedades abiertas, democráticas y libres. Se nutren y refuerzan en la transparente pugna por sus contradicciones e intereses. Ejercicio virtuoso del progreso. No es ocultando las contradicciones como estas se resuelven, es debatiéndolas públicamente.

La piedra de tranca está en que los partidos tienen una visión sesgada de la materia. O bien como instrumento de utilería al servicio del partido o como amenaza a sus intereses para ascender al poder y perpetuarse en él de modo hegemónico.

Conscientes de esa dificultad tenemos que actuar para revertirla, sin pactar con la dificultad. Ese cuerpo social organizado, lo vamos a necesitar hoy para impulsar el derrocamiento de la tiranía y mañana para reconstruir el tejido social y la gobernanza de la nación.

Incluso, más adelante será el sustento para garantizar los cambios en democracia y libertad a propósito de no repetir lo ocurrido en Argentina, Bolivia, Nicaragua, y otros países de la región, que hoy se encuentran bajo la amenaza de retroceder, por no tener una fuerza que respalde los cambios de cultura ciudadana que deben instrumentarse.

Tantas organizaciones sociales como sean posibles y necesarias crear. Con tres lineamientos básicos:
– Uno, el reclamo pertinente, un cable a tierra con la necesidad de la gente que se agremia.
– Dos, articular con sus iguales por un objetivo superior: derrocar a la tiranía.
– Tres, la protestas debemos escoltarlas con propuestas para el cambio, toda vez que se hace imprescindible cambiar de modelo, para no sucumbir en el intento.

Ya hemos vivido en carne propia, que no hay nada más capitalista salvaje y criminal, que un modelo socialista fracasado. Para ello huelgan los ejemplos en el marco de la tragedia venezolana: Hiperinflación, hambre, escasez, diáspora, desalarización, precariedad de los servicios. Hasta la inviabilidad como país. Por eso los tres ejes de acción deben encaminarse simultáneamente. Impensable que este diseño estratégico pueda ejecutarse sin un acuerdo tácito entre partidos y movimientos.

Debemos seguir estimulando todas las tareas que los partidos y los cuerpos sociales hacen hasta ahora, mantener lo alcanzado, traducido en deslegitimidad popular, de origen y de ejercicio del régimen. Y avanzar en la construcción del escenario capaz de derrocar a la tiranía. Cada barrio un foco, hasta volverlos locos. Y, obviamente, si no hay paz para los ciudadanos, tampoco para los tiranos.

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