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Armando Martini Pietri @ArmandoMartini

Navidad y Año Nuevo son tradiciones que han ido cambiando conforme pasan los años. Eran fiestas distintas, se respiraba otro aire, sencillo y familiar. Con ansia se esperaban los especiales en la televisión, películas católicas sobre el nacimiento de Cristo o el clásico cuento de Navidad por Walt Disney. En el bolsillo metíamos dinero acariciando fortuna; se salía a la calle con una maleta suspirando viaje, se comían uvas, se solicitaban deseos y lentejas para la abundancia, en fin. En la actualidad tenemos celulares, cable y Netflix.

Era labor importante conseguir un verdadero, fragante, aromático pino de Navidad, olor característico que invadía el hogar, se ubicaba en la sala, se adornaba con emoción y a su alrededor se celebraba. Actualmente son bizarros árboles sintéticos de colores. 

¿Se acuerdan la algarabía por el estreno? Se compraba ropa nueva para las conmemoraciones decembrinas. Sino podías, buscabas en el closet la vestimenta en mejor estado y menos uso. En esta época, se imponen las franelas deslucidas y los jeans rotos, ajados, desteñidos, viejos. 

El pavo navideño era infaltable, acompañado con puré de manzanas, pernil, jamón planchado, hallacas, pan de jamón, ensalada de gallina; de postre, dulce de lechosa, torta negra de navidad, y galletas con jengibre. Ahora, lo moderno es llamar al Delivery; finalmente, se conseguía un disco de villancicos que sonaría repetido muchas veces. El día de hoy, reggaeton, cumbia villera, y ruega a Dios qué los muchachos no se apoderen de las cornetas.

Disfrutamos patinatas navideñas, los muchachos madrugaban para ir en grupo a patinar en las calles solitarias pero llenas de luz y alegría. Eran otros tiempos, navidades con cielos iluminados de la más variada, espectacular y siempre ruidosa cohetería; de sonrisas, abrazos y buenos deseos, corazones dispuestos a la celebración sana, responsable. Llegaba la esperanza con el Hijo de Dios, las madrugadoras misas de gallo, hogares de puertas abiertas para aguinaldos y amigos; la popularizaron de las gaitas zulianas, lo hicieron aún más alegre, bailable y estruendoso.

¿Qué pasó?

Lo mismo que con el orgullo de ser venezolanos, la venezolanidad de los afectos familiares, abrazos, palmadas en la espalda, apretones, cumplidos cordiales, el afectuoso cariño entre amistades; regalos costosos o baratos pero sinceros y espontáneos. Pesebres hechos y cuidados, arbolitos luminosos adornados con empeño y gusto. Hallacas hechas con esmero, paciencia y eficiencia, compartir la mesa con agrado, alegría, jolgorio y parranda.

Todo es ya el pasado, ahora en vez de navidades con el Niño Jesús, San Nicolás o Papá Noel, tenemos celebraciones navideñas apagadas, tristes, a lo castrista, oscuras como el comunismo, sin brillo, esperanza y futuro como el socialismo. Ya no hay patinatas ni carruchas no sólo porque atracan, sino porque pocos tienen suficiente para comprarse aquellos patines rudos de rueditas metálicas, sin contar la ironía de que un régimen devastador, antiimperialista tenga que calarse, aunque no lo reconozca, que la moneda circulante, confiable del socialismo bolivariano del siglo XXI y de la revolución castro-chavista sea el dólar imperialista.

A estas alturas esperamos que hayan transcurrido unas navidades tranquilas, reunidos en la querencia familiar, que el próximo sea un año no tan malo como el que esta semana muere, y su resignación, que es nuestro pecado. Nos quejamos, pero aguantamos, proponen compartir el poder con quienes destruyeron todo, lo aceptamos, volvemos a salir al día siguiente -con los cuidados de rigor-si no la policía del régimen que no atrapa criminales porque la delincuencia ejerce, te detiene, regaña y de paso, te martilla.

¿Cuántas lunas navideñas han pasado? Demasiadas, tanto que no hay cuenta. La ciudadanía se hartó de falsedades, desilusiones, traiciones y burla de populistas, negociantes, carismáticos y mesiánicos, han jugado un papel –lamentable en algunos casos- en la historia venezolana, donde la fascinación personalista genera cambio y movilización de masas. En la actualidad la sociedad, sedienta de expresarse, ávida de libertad y democracia luce huérfana de líderes; desconectados, perdidos en la comunicación, lanzan mensajes, no convencen ni emocionan, no reúnen ni siquiera ilusión. Se confinaron en una burbuja, donde el ciudadano los mira con cutela y observa sin confianza. 

Concluye un año y se nos viene encima uno que no es tan nuevo porque es fácil predecir será peor. De todas maneras, eso que también se ha terminado con la revolución castro-comunista socialista, la buena educación y mejores costumbres, nos lleva a expresarles un sincero deseo por un 2021 mejor que este 2020 que por fin se va con sus muertos, desazón y tristeza. 

Que serán nuevas desde este próximo 1° de enero. ¡Feliz año!

@ArmandoMartini

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