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Cada vez que una sociedad apela a su derecho para elegir a quienes habrán de elegir para gobernar sus realidades, las protestas adquieren un significado político de pertinencia y necesidad. Aunque protestar no siempre es aceptado o reconocido como derecho legítimo. No obstante, es la expresión que mejor habla de la libertad política sobre la cual se movilizan los proyectos de cada individuo, o las aspiraciones de comunidades y sectores populares que claman un cambio. Son los momentos que dejan ver el matiz ideológico que envuelve la condición política de cada gobierno. 

La situación política, económica y social que vive Venezuela, es realmente desastrosa. La idea que ha despertado su patética realidad, en el contexto de un resonado escenario electoral, tal como el régimen pretende, además no exactamente dirigido al objetivo que resolvería las dificultades conocidas y padecidas, es un equívoco de falaz construcción narrativa y operativa. 

La Venezuela en tanto que resultado del periplo político del siglo XXI, describe el peor de los capítulos que su historia contemporánea puede evidenciar. Con el prólogo de la seducción bajo engaño, y el epílogo del rechazo a toda voz, esta Venezuela dilapidó todo el encanto que sus proyecciones de desarrollo económico y social invocaban. Tanta desgracia junta, derivó del encanto de tramoya diseñado por revoltosos personajes  disfrazados de ungidos de la suerte que acompañaba a quienes pregonaban fundamentos aducidos por la teología de la liberación. Personajes que a decir de la opinión del profesor la Universidad de California, Robert Bernard Reich, fungían de “manipuladores de símbolos”. Un tanto aludiendo a charlatanes de oficio.

En el fragor de tan impugnadas y contrariadas realidades, la Venezuela que empezaba a demostrar sus talantes y talentos en la segunda mitad del siglo XX, cayó prisionera de la degradación que el ejercicio político del gobierno militarista que alcanzó el poder en diciembre de 1998, le impuso a fuerza de una cruda coerción trazada sin medida ni compasión.

Desde entonces, el país retrocedió en todas sus manifestaciones. Ahora está viviendo los peores momentos de su historia respecto del desarrollo alcanzado en el mundo. Los acontecimientos recientes, han generado una profunda desesperanza que ha desmultiplicado vertiginosamente importantes valores en todas las direcciones posibles. Ello, ha devenido en profundas crisis. O gruesas crisis que han tocado los principales bastiones de la república, la nación y la sociedad.

De manera que la resistencia del venezolano rebasó los límites de la tolerancia. Es lo que las realidades dejan ver toda vez que resulta absurdo tener que soportar la indolencia de gobernantes que no han querido sacar al país del marasmo en el cual se estancó. Y no fortuitamente. Sino de la mano del manido socialismo del siglo XXI. 

Es inadmisible e impropio, aceptar un gobierno que, designándose “legítimo”, “soberano” y “constitucional”, desconoce los problemas que claman urgente solución. Es como se tienen crisis por doquier. Crisis de los servicios públicos, del estamento político, del aparato administrativo público, de las instancias jurídicas sobre las cuales se fundamenta la razón del “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia” que refiere la constitución en su segundo artículo. Crisis de la economía, de la producción en todos sus ámbitos. Incluso, crisis de familia y hasta de orden espiritual. Y para rematar, bajo el asedio de una feroz pandemia.

Pareciera que el régimen bien sabe que la miseria suele dar ganancias a las ganancias. Razón esta para inferir el grado de impudicia y desvergüenza que caracteriza cualquier ejecutoria ordenada por el alto poder político nacional. Lo que de esto se deduce y que le importa y así le resta importancia a problemas que afectan la nación en su conjunto, son aquellos intereses que se debaten el espacio político en el cual tiene cabida una presunta solidaridad con regímenes oprobiosos, facinerosos y fundamentalistas. 

Pero el artículo 70 de la Carta Magna venezolana, cuya motivación responde a la intención de exhortar libertades y derechos tal como explayan importantes convenciones internacionales, además suscritas por Venezuela, aunque bastante tiempo atrás, anima la posibilidad de reivindicar la  democracia en toda su extensión. 

Es así que a partir de lo que dicho artículo plantea cuando, en nombre del “protagonismo del pueblo, en ejercicio de su soberanía en lo político (…)”, anima la “consulta popular (…) cuyas decisiones serán de carácter vinculante”. O sea, lo que resulte de sus consideraciones serán objeto de ajuste de la trama política, social y económica establecida en el país. Es lo que se espera de ello pues le imprime carácter de obligatoriedad a las decisiones resultantes. Tal cual como ocurre de un mandato legal. Y que seguirán marcando una ruta de lucha constitucional avalada por los casi 60 países que respaldan el grito de libertad de los venezolanos. 

La consulta popular, tal como se ha concebido, es una ventana de esperanza que una vez abierta, permitirá el paso de la luz al interior del oscurecido recinto en que ahora quedó convertida Venezuela. Y que de no ser reconocida en su justa acepción, tal como lo refiere el artículo 70, entonces no quedará de otra que apelar al derecho de manifestar. 

Eso lo permite el artículo 68. Y que incitaría el llamado a repeler toda autoridad del poder público nacional que desconozca lo decidido por el pueblo. Así lo exhorta el artículo 350 cuando refiere que debe aplicarse en caso que pretendan contrariarse o menoscabarse las libertades y derechos que la misma Constitución exalta. Y además, se ve respaldado por  el artículo 333 que le otorga poder al ciudadano, investido o no de autoridad, a “colaborar con la restablecimiento de la Constitución (…)” de ser agredida por cualquier forma de desacato.

Así que apoyar la Consulta Popular, es casi respaldar el fundamental derecho a la vida de los venezolanos. Ello, en el contexto de una Venezuela que igual derecho tiene a su desarrollo integral. De manera que tanto como darle fuerza a la palabra, en plan de exigencia, asimismo debe procurarse en lo que concierne a motivar el accionar de cada venezolano consciente de la crisis que tiene descompuesto al país. De ahí que si alzar la voz es la estrategia electoral diseñada en pos de la reconquista de la democracia en Venezuela, habrá que hacerlo. Pero eso sí: “a todo gañote”.

https://www.analitica.com/opinion/a-todo-ganote/